De alas y precipicios

– Si quisieras arrojarte por un precipicio no te lo impediría.

– Por perder el rumbo, el horizonte, negarse ante la verdad y mentir a los ojos de que estás tranquilo en este lugar. No somos sinceros al contestar a un simple «¿qué tal?», pues tu voz titubea y la mirada te delata. Pese a la vaga sensación de perder el tiempo tirado en la cama, inhalo todo tu aliento para poner cadenas a tus pensamientos.

– Si quisieras arrojarte por un precipicio no te lo impediría, porque he dejado de querer entenderlo todo. Ahora me deleito con el vuelo de tus pasos libres, con los chillidos y los silencios. Mis frases han olvidado que alguna vez existieron los interrogantes. Mis brazos ya no quieren atraparte; te rozan, se empapan y te devuelven a merced de las olas.

– ¿Si tienes alas por qué no vuelas? Retrocedo unos pasos, recapacito y pienso en lo que he comprendido aquí, lo que me rodea, la textura del lugar y sus colores que se mezclan. Me acobardo y miro atrás, donde te encuentro con una sonrisa descabellada, a la espera de una reacción. Te doy la espalda y espero una acción. Si me empujarás te daría la razón.

– Si te empujara sería por haber dejado de pensar en mí, por nadar entre la sangre que te corre por las venas. Y en tu tumba escribiría, con palabras nuevas, cómo descubrí el amor cuando te robé la voz.

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Andrea Diligenti
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