Arranqué las alas a cupido

Me suplicó para no hacerlo, se arrodilló y con su mirada de niñez me suplicó que le diera una última oportunidad, que no dejara de creer en él.

Mis venas están frías y pese a que sus palabras me acobardaban, mi odio hacia él no tenía reparo. Mi desilusión causada por sus fracasos, mi voluntad echada por el retrete, la culpabilidad que me provocaba, todo me pesaba como cadenas en la espalda, sintiendo ese frío abrumador que recorre por las entrañas y arde por la garganta.

No tenía palabras para argumentar mis hechos, veía en sus ojos encharcados mi mirada reflejada, con el odio suficiente para no pensar en los actos que uno nunca desea cometer.

Me arrodillé junto a él para acariciarle la cara repleta de babas y lágrimas, con las mejillas rojas y la nariz irritada. Siento ese frío que le causaba su fracaso, su vergüenza al no querer mirarme a los ojos, la esperanza de que nada de esto esté sucediendo en este momento, y el terror al darse cuenta de que es cierto.

Se apalanca en mi antebrazo mientras de la cara recojo su pelo ondulado, que posa encima de sus hombros encogidos de tristeza y abandono. Nadie dice nada, por un rato encontramos una tregua de paz donde ambos nos postramos uno enfrente del otro, dándonos cuenta del error común que nos lleva a decir adiós de una forma desagradable y sin perdón.

Me susurra al oído que nunca dejará de persistir en la causa de su existencia, ni perdiendo las alas que le permiten volar por en cima de las palabras, ni las balas envenenadas por poesía barata que aguardan en la recamara de una pistola sin alma.

De sus palabras me vienen recuerdos que nunca me permití deshacer, que retomo en ocasiones cuando seguía creyendo en él. Los mismos pensamientos que me ahogan en una bañera de agua tibia, donde el chorro del grifo no cesa de verter sin rebasar nunca el borde de la bañera.

Abandono toda esperanza expuesta en palabras de súplica y añoranza, me poso en la retaguardia y le ato las manos a los pies, arranco la manga de mi camisa para vendarles los ojos, pues no quiero que vea lo cruel de esta relación, prefiero que recuerde mi mejor versión aún siendo falsa en más de una ocasión.

Agarro ambas alas con las dos manos, me ayudo del pie para mantenerle en el suelo pegado, mientras de un grito en silencio empiezo a tirar con fuerza.

Andrea Diligenti
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