Una habitación con vistas

Hace años, en la prueba de acceso a la Universidad, elegí a Ortega y Gasset, la cara B. Habría tenido mucho más sentido completar aquellos folios con las ideas de María Zambrano, me lo había preparado, la admiraba con todo el amor de pupila que me cabía en el pecho, la quise tal vez sólo por el hecho de ser mujer, discriminación positiva (puede ser…). Lo cierto es que siempre me han robado el corazón las mujeres feroces que se hicieron un hueco en la historia, me hacen pensar en todas las historias anónimas, de la chica de ciudad, la joven loca, la provinciana, la rebelde, la atrevida, la soñadora, la del quiero y no puedo, la que se muerde la lengua, la que lucha, la que se esconde, la que no se avergüenza… En definitiva, todas las ideas de todas las mujeres de todos los tiempos.

Elegí, sin embargo, a Gasset. En aquel instante crucial pensé en lo único que por entonces conocía de él: «yo soy yo y mis circunstancias» y desarrollé mis ideas poniéndolas en su boca. A eso se le llama mentir. Saqué un seis, aún lo recuerdo, no era gran cosa pero aquello me demostró que todos somos capaces de llegar a las mismas conclusiones, que no hay meta que no se pueda alcanzar, que el discurrir de todos los Hombres viene a ser igual.

Hace dos semanas abría los pórticos de una ventana donde el mundo, la naturaleza, la belleza se me ofrecía con todo su esplendor. El sol despuntando entre montañas y sólo prados verdes bajos los pies. – ¡Joder, cualquiera podría ser artista o filósofo o persona aquí! -, pensé.

Cada día me despierto y veo una pared, unas sucias escaleras que guardan el romanticismo de su vejez, y me encantan porque logran situarme en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento pero, para mal de la imaginación, las circunstancias no son las mismas y yo no puedo ser igual. Es imposible no ser caótica en una ciudad que va con prisas, llena de ruidos, de estaciones mal ventiladas, de gente a la carrera, de personas ausentes, de felicidad que se vende en pequeñas dosis en supermercados y grandes cadenas. Es imposible no sentirse vulnerable ante la agresividad cotidiana, ante el vacío o lo lleno de nada. Tengo una lista con ciento dos «tengo que…» mientras agoto mi tiempo en cosas poco o nada gratificantes, pospongo todos mis deseos por el deber a sobrevivir en un lugar que me mata, me recrimina, me cuestiona y me ata. Cedo mi vida a lo que algunos vinieron a llamar «progreso» mientras me estanco, me consumo y me pierdo.

Y en el recuerdo guardo la estampa del milagro de estar sentada al borde de un precipicio, viendo a los pájaros volar bajo mis pies y escuchar tan sólo el transcurrir del agua, del viento desfilando entre las montañas, sintiéndome pequeña ante la inmensidad, insignificante pero viva, viva y consciente de que alguien a mi lado ha llegado a la misma conclusión: que las circunstancias nos moldean, pero somos nosotros dueños de ellas. Y ahora supongo que, vaya a donde vaya, mi habitación siempre esconderá aquellas oníricas vistas de mi memoria, y por ellas llegaré a ser cualquier día artista o filósofa o persona.

«Carpe diem», dijo el poeta.

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Sara Deluis (2016).
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Una habitación con vistas

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