Al sur, primera parte.

¿En qué momento comienza verdaderamente un viaje? ¿Cuándo lo creas en tu mente y te desplazas de aquí para allá por lugares en los que aún jamás has estado? ¿Al sacar de la oscuridad una maleta, quitarle el polvo y devolverle su ansiada utilidad? ¿Con el sonido del primer motor que te traslada desde casa a cualquier otro lugar? Cada cual elige su momento para comenzar algo, el mío siempre ha sido con la primera respiración. Tal vez se trate de un gesto un tanto añejo y masculino pero con él inhalo el aire de la tarde primeriza en Ronda nada más bajar del coche, estamos a espaldas del Santuario de Mª Auxiliadora, él ha dormido en el trayecto desde Málaga hasta que la luz de la sierra le despertó y ahora se la bebe sin tiento y se muestra enérgico al sacar el equipaje. Yo me afano a una vieja maleta que rescaté de casa de mi abuela y echamos a andar por las primeras calles adoquinas que ya no nos abandonarán.

Llamamos a Julia mientras caminamos hacia su apartamento en la calle Armiñán. Él se toma un café en el soportal, espera y descansa del largo viaje a ambos lados de las nubes. Cada detalle del apartamento es especial: la alfombra de esparto en el baño, el cable anclado a la pared que finge ser un perchero, el cuento ilustrado que leemos en alemán… Hablamos. Ella dice que es artista, él que escribo, yo que ensucio hojas y él toma grandes fotografías; una discusión entre egos que se inflan y se desinflan, una discusión entre ingenuos que sólo buscan una sonrisa.

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Andrea Diligenti (2016).

He metido en el bolso un puñado de tiritas para que a mis pies no les frene la sangre de unos exánimes talones. Salimos en busca del Puente Nuevo, la calle es estrecha y serpenteante, me traslada de alguna forma al Albahicín, pero su desembocadura se presenta como un océano de casas blancas y tierra. Las vistas son impresionantes. Una construcción del siglo XVIII que salva los casi cien metros de caída cavados por el sutil cauce del río Guadalevín.

Seguimos hasta la plaza de toros de Ronda, sorteando a extranjeros vestidos con claros linos y calcetines reglamentarios. Un hombre disfrazado de bandolero y caballo engalanado recoge buenos cuartos a cambio de una fotografía. Yo le distraigo mientras él roba cualquier otro momento y continuamos el paseo bordeando el desfiladero. El «balcón del coño» no nos deslumbró tanto por su altura como por su inmensidad. Toda aquella parte del mundo era sólo nuestra por un instante. La tarde caía, volaba el halcón peregrino a lo lejos, llegaban los sonidos de los últimos cencerros, todo se apagaba, pero el aire traía la vida que a otros tantos lugares le negaba.

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Sara Deluis (2016).

Desde la Alameda del Tajo, aquellas entrañables señoras con quienes hablamos nos guiaron de la mejor manera hasta los Jardines de Cuenca, nos hicieron reír y nos demostraron que, en efecto, habíamos llegado al sur. Seguimos sus señales como quien persigue una cinta de pelo que el viento le ha robado y la aleja atravesando desiertas calles de cal y piedra. Él se hizo amigo de un perro de ojos tristes, el perro también quiso ser su amigo callado, le indicó el camino con el rabillo del ojo pero él prefirió seguir mi errado destino. De algún modo todos los caminos nos conducen al mismo punto pero el dolor en los zapatos se agudiza cuando sus rejas ya se han cerrado. Volvimos sobre nuestros pasos y encontró el amor. El amor que siempre nada entre la fascinación y el descubrimiento como un pescado que trata de alcanzarse la cola y vuelve de nuevo a la fascinación por culpa del descubrimiento. Era el color albero y la luz en la fachada, el gentío de la plaza, el cielo azul intenso y las primeras tapas acompañadas del vino que nos llevó a la cama.

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Andrea Diligenti (2016).

Decía el poeta: «Ella abre la ventana, y todo el campo / en luz y aroma », y todo el campo se dibuja amaneciendo mientras él se esconde entre las sábanas. Quisiera, ilógicamente, estar frente a un lienzo, de cara a un decorado que poder llevarme a donde me plazca, situarlo frente a cualquier ventana, sobre cualquier hora.

Nos desprendemos de las calles viejas a la caza de nuestro desayuno, mollete de Antequera bañado en aceite, tostada catalana con tomate y jamón, café abundante. Los cuerpos se sienten enérgicos para afrontar el sendero que se mantiene oculto a los ojos perezosos, a las almas de ganado y Cañada Real, a los miedosos de perder sus anteojeras. Bajamos con comodidad hasta el principio del precipicio; resulta extraño cómo hace rato me ha abandonado el vértigo, siempre compañero, ahora ausente. Con decidida valentía me siento al borde mismo del abismo, allí  los pájaros viajan por debajo de mis pies, sus cantos, el viento, la caída del agua y el disparador de su cámara es toda la música que me acompaña. Saltaría; si tuviera que saltar hacia algún destino precipitaría aquí mi cuerpo, pero ahora es momento de dejarlo empapándose la piel, los ojos y hasta las uñas que se aferran al borde del acantilado.

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Sara Deluis (2016).

El Puente Nuevo se alza poderoso frente a nosotros, el mundo parece diminuto visto desde el vértice de Ronda, el sol se asoma, los relojes aminoran la carrera, las personas son hormigas blancas que dejan un rastro negro. La colosal arquitectura nos atrapa los sentidos dejando libre sólo la imaginación y el sueño que, a su vez, arrastran gritos y cerraduras. Ha de haber un camino que nos acerque a la arcada de Cristo, lo buscamos, lo encontramos, lo tomamos y llegamos cada vez más pequeños, como habiéndonos dejado parte del cuerpo en el trayecto. Sobre el gran salto y bajo el gran arco nos convertimos en pilares, en parte animada del escenario. Abrimos los párpados, todos los poros de la piel, relajamos el cuerpo que ya ha dejado de pesar y fluye en el sentido de las agujas de la tierra. Nos sentimos exploradores hambrientos por la adicción hacia lo desconocido. Estamos en Ronda y Ronda continuará estando aquí cuando nos hayamos ido, con toda su luz a pesar de las horas del día, con sus casas blancas, con sus sonidos del campo, su olor a prado y este maldito puente que cargamos sobre nosotros como quien se pone un sombrero. Estamos embrujados y lo sabemos.

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Andrea Diligenti (2016).

Salimos de aquí nostálgicos, vaciados y repletos. Nos atrapa este lugar más que cualquier sábana una mañana de invierno. El calor aprieta, volvemos a las calles de casas blancas y puertas abiertas, el andaluz abre su casa como abre sus brazos y te estruja. José nos habla de la comarca, de Ronda, sus gentes y sus rincones. José, de piel oscura y vieja, espera a cualquier amigo para transmitirle su poco o mucho saber, para compartir historias a costumbre de los antiguos hombres. José, busca tímpanos sobre los que dejar sus palabras gastadas. Nos muestra la antigua mezquita, los puentes viejos (el árabe y el romano), los palacetes y la riqueza de la tierra. José no quiere soltarnos, ni Ronda, ni las primeras horas de la tarde, pero es momento de tomar nuevo rumbo y tras una cervecita a la sombra volvemos a abrir el mapa, encendemos el motor y decimos «hasta luego» a Ronda.

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Andrea Diligenti (2016).
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