Al sur, segunda parte

Bajamos las ventanillas, el aire entra como carne viva de la sierra. Es el mediodía. Llevamos un mapa de carreteras fantasmas que se estrechan y desaparecen en el verde de la tierra. Los caballos relinchan al vernos pasar, las ovejas enfatizan su balido, las cabras abren sus ojos endemoniados y las vacas, esas… ni siquiera se molestan en mirar. Él precipita su cuerpo por el lugar que antes ocupaba el cristal y saluda a todo lo que emerge a nuestro encuentro. La música de la radio suena, el calor aprieta y el turquesa aparece rompiendo la armonía del campo.

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Andrea Diligenti (2016).

Bordeamos el Parque Natural de Grazalema y a orillas de la sierra nos encontramos el embalse de Zahara-el Gastor, un oasis azul en medio del verdor del campo. Paramos el coche, sin duda el más excelente beneficio de viajar por carretera es poder detenerte en cualquier lugar, tomarlo por un momento como un amigo invasor de los espacios y los minutos huérfanos.

El viento se nos presenta como nuevo protagonista de este viaje, compañero fiel que se niega a abandonarnos, rebelde, a veces mudo, otras veces gritón; dirige el baile del sotobosque y de mi pelo. Seguimos el camino de tierra que se ensancha y nos descubre huellas de caballería, vestigios de lo que ya me parece anacrónico a orillas de este mar aprisionado. Frente a nosotros una pequeña isla, coronada por tres árboles se resiste a desaparecer bajo las aguas, quisiera tomar una barca y plantar mis pies en ella declarando toda mi fe por la supervivencia. Tal vez podría nadar pero siempre tuve miedo a las corrientes y el desconocido fondo de los embalses, un miedo maternal infundado que me detiene a escasos centímetros de donde reposa el agua. Cierro los ojos y escucho el aire, el rumor de olitas alcanzándose, el ladrido de un perro lejano y juguetón, me hace pensar en que a veces el Hombre también tiene la capacidad para crear cosas hermosas, como este charco azul donde antes sólo hubo tierra.

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Sara Deluis (2016).

Él se despoja de los zapatos y mete los pies en el agua, le digo que tenga cuidado pero el viento se lleva mis palabras en otra dirección. Entra, sale, vuelve a chapotear. El sol en su plena adolescencia se vuelve agresivo e incide con fuerza en el reloj que lleva en la muñeca izquierda; el reflejo es deslumbrante. Estamos en ese lugar del mundo al que todos sueñan evadirse cuando la fatiga aprieta, o el miedo, el dolor o la melancolía. La belleza hecha con gotas de cada deseo de las gentes que, sin saberlo, alguna vez desearon estar aquí.

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Sara Deluis (2016).

El mediodía da una tregua entre las sombras de Zahara de la Sierra. Una maraña de bombillas techan la plaza y nos sugieren que tenemos algo por celebrar. Las terrazas a las puertas de los bares están llenas y, a pesar de que empieza a hacerse tarde, de las terrazas prosigue la procesión de platos llenos hasta rebosar mientras algunos despistados seguimos llegando. No existen los horarios adecuados en estas tierras. En los pueblos blancos y escondidos de Grazalema la armonía de las casas coloniza con cal las montañas.

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Sara Deluis (2016).

La carretera, estrecha y solitaria nos presenta la naturaleza en estado puro. Pasamos por Ubrique y Arcos de la Frontera, dejamos a un lado Puerto Real con la sola idea de llegar pronto al Palmar. El océano nos espera para regalarnos el primer atardecer de nuestro precoz verano.

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