Ins-tru-men-tal

Son las dos de la mañana y las sábanas parecen de lija. La noche es muy oscura, y aparte de transeúntes embriagados, se reconoce alguna gaviota, que grazna en persecución del camión de la basura.


Mi cama se hunde, el colchón de mala calidad no deja reposar mi espalda. La humedad, el calor, el agobio de pensar que en una horas el despertador, me recordará que mi día vuelve a empezar.

Entonces, entre el sudor de mi espalda y mis pupilas dilatadas, cazo en mis recuerdos un relato plasmado que cambia mi forma de escuchar el piano.

Me acuerdo de un día en el que el tiempo se me echaba encima.

He quedado y para hacer tiempo leo en una librería a escondidas, un libro que la portada me llama la atención. En él encuentro risas, similitudes, una historia que me gustaría que fuera mía. Solo es el principio y mis labios no pueden gesticular las palabras, al mismo tiempo que mi vista recorre las líneas.

Dejo el libro en su lugar, de camino a la salida vuelvo la vista atrás y pienso cúando reemprenderé la lectura.

Instrumental! Me repito una y otra vez dentro de mi cabeza, marcando las sílabas al pronunciarlo.

Ins-tru-men-tal.

Si me preguntan: 
-Porque te ha gustado?-
Reconozco que no podría expresarme con fidelidad, para definir cuáles son mis motivos.
Al leer cada párrafo me reencuentro con mi infancia con la música, con el piano, con la malvada profesora que apuñalaba mis dedos sobre las teclas al equivocarme, el dolor de tripa previo al subirme al escenario, la satisfacción de los aplausos al terminar mi recital, arquear la espalda hacia delante con motivo de agradecimiento.

Tardo dos días eternos en poder volver a retomar la lectura. Con impaciencia, con euforia de qué me voy a encontrar, leo cada palabra imaginando al autor en su sillón y con la lluvia a través de la ventana, con el humo del cigarro sobre el piano.
Leo cosas repulsivas, imagino barbaridades que creía que no podrían pasar, siento pena, empatía, se me desgarra el torso pensando en cómo alguien ha podido pasar ciertas calamidades y explicarlas de forma que te pueden llegar a hacer reír. No me mal interpretéis, me río pero no pienso que soy cruel e insensible, la manera en la que relata el autor, impide evitar soltar alguna carcajada.

A cada línia, a cada anécdota que absorbo, me intimida por la fuerte influencia que deposita en mi. Sin quererlo siento curiosidad por hechos repugnantes, se me pone dura com ideas descabelladas, y siento reflejada una parte de mí en la piel del escritor.
Es solo un libro, pero cambia mi forma de entender el cambio personal, con tantos inconvenientes y tantas desgracias auto provocadas.
Si tuviera algo que decir, es gracias por hacerme entender, la música clásica.

Ya es de día y la primera luz matinal asoma por la ventana. Llevo toda la noche leyendo, con la nuca sudada, desprendo ese olor a sábanas arrugadas, Chopin en Fa menor suena por los altavoces, a manos de James Rhodes.

Encuentro una amistad sin haberle conocido de verdad.

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