Al sur, tercera parte

 

Es el asfalto lo que separa al hombre de la naturaleza, y cuando lo abandona todo parece salvaje, intacto, indomable. Incluso el sol se esconde con lentitud entre los caminos de El Palmar.

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Andrea Diligenti (2016)

El polvo y un cielo tardío de rosas y violetas nos reciben hogareños y generosos en el lugar que hemos marcado como campamento base. Levantamos nuestra humilde fortaleza de lona y aire. Emprendemos la aventura por las calles de Conil iluminadas en la noche con tanta fuerza, ruido y viveza que parecen haber desarmado todos los relojes y la noche ya no es la noche, sino una mañana bajo las estrellas. El gentío nos envuelve entre copas de vino blanco y bocados de pescaíto frito. No hay caras tristes en este lugar, ¿quién no sería feliz aquí, tan cerca del sol, de las personas, de la vida?

Planificamos nuestra ruta sobre algunos pilares básicos y dejamos al tiempo meciéndose entre las olas después de haberle amputado sus extremidades. Ahora todo es arena derrumbándose en el abismo y a nosotros sólo nos guía la luz y la mar.

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Sara Deluis (2016).

Entre los enebrales costeros desembocamos en el cortado que precede a las Calas de Roche. El Atlántico besa y derriba la tierra, se va y se viene a veces manso y a veces fiero. La mañana es un vía crucis entre el agua y el desfiladero, del Tío Juan de Medina al Frailecillo, del Frailecillo al Pato y desde allí a Cala Encendida. La poca gente que encontramos al paso, respira el aire de un miércoles de primavera, la pausa del ocioso, del que se empapa, vive y arde. Apenas hay voces, ni tan siquiera las nuestras, sólo el silencio de la mar y el levante, del calor, del hielo derritiéndose en la carne.

Los días en el sur son largos. Tampoco el sol quiere alejarse de estas tierras llenas de gracia y se va despacio, tanto, que a veces parece dar un nuevo pasito alante mientras extiende su reflejo en el agua de plata y sal. Hasta el sol arde de ganas por volver mañana, por calentar esta arena blanca, estas encinas y estos pinares, estas piedras que sujetan el faro de Traflagar. Porque hay lugares que levantan las ansias de conquista, rincones salvajes que hasta el mar quiere tragarse (de ahí que se formen los cabos). Hay trozos de tierra que inspiran la codicia del hombre, por un nuevo día aquí, por amaneceres, tardes, noches infinitas que se repitan en un bucle de silencio y estridente empuje del viento. El agua bañada en sangre de antiguas batallas navales, la madera de aquel navío inglés que es hoy pilar de tu humilde casa, el sol que se va y no quiere, el viento que te sopla en las sienes y te echa, pero aguantas, aguantas por ver un atardecer al que la memoria te permitirá volver siempre.

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Andrea Diligenti (2016).

La carretera es una bicha negra y caliente. En el camino de tierra no se advierte ninguna señal, ni de peligro, ni de vida. Las terneras nos miran de reojo al pasar, tan sólo se molestan en agitar el rabo para apartar a las moscas. La mañana es tranquila, los pájaros cantan y dejan sus pequeñas huellas en la arena. A nuestro paso, a un costado del sendero, se levanta poderoso un toro negro, gigante, imponente, nos clava los cristales de sus ojos y la vida parece ahora un rumor. No hay de qué tener miedo, quizás él nos tema también a nosotros, sus astas le defiende, a ti y a mi sólo nos salva la esperanza. Es un magnífico día de primavera en el que sería una pena morir. El animal nos vigila y continuamos el paso entre risas y silencios, conscientes de que la naturaleza se nos presenta como un espacio del que tomar partido, partícipes del lugar en el que estamos, y ya no es el Hombre y la Naturaleza, es el Hombre en la Naturaleza.

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Sara Deluis (2016).

Escapamos de ella de nuevo hacia el asfalto para buscar otros rincones en sus anchos mapas. El paisaje se presenta como un sueño de Quijote, los prados verdes, la luz, las reses y un campo de gigantes molinos blancos alzándose hacia el azul de un cielo que hubiera querido pintar Murillo.

Bolonia es el poder contenido en un grano de arena, la constancia del tiempo, de lo magnánimo y lo insignificante. Es un escalar sereno que te hunde y te alza, y en su cúspide te sostiene sobre un cementerio de árboles que no son sombra sino alfombra. Bolonia es la fuerza de la constancia y un paraíso donde termina o empieza la tierra, al borde del mar. Escalamos hasta la cima de la gran duna, siempre solitarios en nuestro camino, la suerte nos regala este detalle del disfrutar tranquilo y lento. El Atlántico nos baña con olas esbeltas de finita infinitud que se acercan, una detrás de otra, mientras él se empeña en atraparlas todas. Pero toda esta felicidad nace de lo efímero e intangible, así ha sido siempre y así nos lo recuerda el eco de rumores del pasado que se esconde en cada piedra y en cada luz. Las ruinas de Baelo Claudia gritan al paso del tiempo.

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Sara Deluis (2016).

Un viaje es un Universo vacío si no se comparte, con un compañero, contigo que lees este puñado de letras albergando historias, con la gente que se encuentra en el camino. Y si hay una experiencia que quisiera mantener en la memoria siempre viva es habernos encontrado con Juanino. Él lleva el peso de todos los hombres en su cuerpo, la herida hendida del sol en la piel, la voz gentil y llana del campo, la sabiduría de todas las edades. Nos encontramos a las afueras de Vejer, Chino y Platillo engalanados al estilo alpujarreño. Jamás había montado en un burro pero sentía gran admiración por aquel amigo que Juan Ramón Jiménez había hecho mío. Parecía la escena de un sueño infantil. Las primeras palabras de Juanino fueron débiles y lejanas, ellos iban delante, yo detrás empapándome de los oníricos minutos de la tarde. Cuando la consciencia volvió a mi cuerpo la felicidad lo desbordó todo por dentro. La historia de todos los tiempos ante nosotros, la sabiduría de la tierra en un hombre, porque Juanino era el libro hecho carne, ese retrato de Delibes preguntándose si el progreso era eso o el conocimiento lento y amable de los pueblos, de los hombre sabios sin necesidad de paredes, ni lápices, sólo unos ojos y un corazón en carne viva.

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Andrea Diligenti (2016)

Juanino no puede resumirse en estas líneas porque es la voz de un pueblo joven y viejo, es atemporal, arrítmico, se mueve y se queda quieto. Es la sencillez, el dominio manso, es fuego que quema y enamora, es el todo cercado por una hebra de hilo. El sol se aparta en el atardecer de Vejer y da paso al protagonismo del hombre. Los molinos, el levante, las aves migratorias, los radares espaciales, los mástiles de antiguos barcos, los árabes, los vikingos, los animalistas, los del parapente, las aguas cruzadas del mar y el océano, los polos, los cielos, los olivos y los astilleros. Todo en un libro de carne que apenas levanta metro y medio del suelo. Todo en la mente palpitante de un hombre que no es lo que fue, sino de lo que será.

Vejer de la Frontera son mil calles encaladas por las que perderse. Un rincón escondido, torre vigía de Andalucía. Es el fresco doblando las esquinas, una placita de oro, un gato negro, una bajada y una subida. Vejer es el bocado de todas las culturas que hoy dan forman a esta vida sureña, costumbres que se conservan y se olvidan, nombres árabes que quisimos ocultar pero se llevan dentro. Vejer es el trotar lento de Platillo hacia la luz.

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Sara Deluis (2016).

Y tal fue nuestro amor que decidimos alargar la parada aquí y disfrutar de Vejer de nuevo en la noche y de las playas blancas y solitarias de Cádiz, de Zahara de los Atunes, de Tarifa y su mirada a África. Y en el punto más meridional de Europa saludamos a una nueva aventura, la del inmenso continente africano, prometiéndole que algún día lo conquistaremos, con los ojos, las palabras y el alma. Pero hoy es Andalucía quien nos llama. Wada’an.

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