El cumpleaños de Delibes ya pasó

El lunes, cuando cerré por el reverso Los santos inocentes me sorprendió leer por casualidad que, ese mismo día, Delibes habría cumplido noventa y cinco años. Me pareció la señal mística que justificase esta entrada.

Esto no es una reseña. No creo que sepa hacer una con su digna propiedad. Es sólo un compartir de sensaciones y experiencias acerca del dramaturgo y su obra.

Recuerdo el momento en que acompañada de mi madre, aún en el despertar de la adolescencia, nos metimos en una librería y ella pidió consejo para un libro acorde conmigo. Nunca he entendido muy bien cómo alguien puede saber qué es lo que otro necesita sin conocerlo, ni en qué se basan los cánones acordes a la fecha de nacimiento de cada individuo. Fue una chica la que se sintió entusiasmada de poder compartir el libro que, según ella, le había marcado cuando tenía mi edad. Sentí entonces que en aquella cadena comercial no abundaban personas como nosotras, que muchos quizás jamás pasasen de las estanterías de los más vendidos. Y allí estábamos nosotras. Mi madre feliz con su tarea de madre, yo inquieta con aquel libro «revuelvevidas» en las manos. No sé cuántas veces leí la primera página antes de acabarlo por completo, pero cuando lo hice sentí que aquella mujer de alguna manera me había engañado.  Ese libro viejo de 1.950 poco iba a enseñarme ahora ya en el siglo XXI.

Todo tiene su momento preciso, incluso los libros. Es inútil tratar de adelantarnos porque no podríamos apreciar el valor real que encierra. El futuro es un abismo de oportunidades que hay que saber esperar. La vida es un paseo despacio por un parque, donde el alma se recrea con cada árbol, con cada planta y cada insecto o pájaro en el jardín, con cada señal de belleza que se ajusta a su capacidad de entendimiento, de absorción de todo lo maravilloso. El arte también requiere entreno y quien lo niegue o menosprecie no es más que un pobre ignorante.

Me reconcilié con Delibes después de Cinco horas con Mario y aquéllo me devolvió frente a las páginas amarillentas de El camino. La genialidad puede ser tan sencilla que a veces pase por delante de nuestras narices sin forma de apreciarla. Hoy, avergonzada de mi yo pasada, sólo puedo decir que Miguel era un genio de lo humano, del transfondo de las cosas, de la crítica sincera y delicada. Como la nana que te cuenta las barbaridades del mundo mientras te acuna en su seguro pecho.

Cierro Los santos inocentes y sólo siento amor levantándome los costados.

 

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Sara Deluis (2016).
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