MÁS (noguer)

Fue un día en que la humedad pesaba mucho más que el frío. La carretera se estrechó perdiéndose entre la colina verde y en la última recta, de nuevo, se nos cruzó la suerte. El vuelo bajo de un halcón nos cortaba el paso y la respiración. El eléctrico impulso neuronal que recibimos y apagó el motor del coche, nos llevó a bajar impulsados por el acelerado ritmo de nuestros corazones, buscando al hipnótico animal, queriendo capturar su imagen sobre la vieja madera de un poste de la luz a orillas de la carretera.

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Andrea Diligenti (2016)

Echamos a correr como si más allá nos esperase otra época, lejos del tiempo presente que llevábamos encima. Y en la carretera nos libramos del peso de varias generaciones. Éramos nómadas, extraños sin rumbo, sin mapas, sin más ilusión que toda la fe puesta en un pájaro. Éramos, de repente, la sencillez y lo desnudo, un despreocupado gesto infantil, la locura en plena libertad. Y en el mismo instante en que asumimos aquella revelación suprema, el halcón retomó su vuelo perdiéndose entre la espesura del bosque. Otra vuelta al mundo, otro cambio de luna, otros quinientos ochenta y cuatro poemas de amor y nuevas yemas para viejos dedos.

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Sara Deluis (2016)

Aquella excursión fue otra aproximación a la lentitud, a las maravillas de lo sincero, de lo natural, del mundo vivo que escondemos tras la cortina del día a día urbano, perdido y lejano de todo lo real. El campo verde y mojado, acariciado por el gris algodón de las pesadas nubes otoñales, el aire frío y húmedo colándose por las ventanillas, las casas de piedra decoradas con los primeros musgos de la estación. La emoción se nos escapa entre carcajadas. Hay una belleza que ni siquiera somos capaces de imaginar y es ella quien nos impulsa a viajar cada vez más lejos, quien nos hace palpitar frente a un camino alfombrado con las hojas viejas y ocres de los tilos que se alzan hacia el cielo amenazante.

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Sara Deluis (2016).

La tierra es barro. Mis botas de agua se hunden en ella como en una diversión de la niñez. Algunos perros tristes salen a recibirnos. Un hombre sin edad labra el campo mientras masculle conversaciones acerca de su cosecha, las últimas lluvias y el curso de no sé qué riachuelo. Yo ya me he perdido entre los ojos de ámbar negro de los caballos. Me acerco hasta el vallado y ellos trotan con ligereza hacía mi en una actitud tan firme que incluso me da miedo. Les acaricio el entrecejo y se acomodan en el pequeño placer. Cada cual espera su turno. Ellos deciden la dosis y dicen «hasta luego» aireando sus largas crines con el viento.

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Andrea Diligenti (2016).

La cuadra, la casa, el pórtico, la arcada, los animales hambrientos de amor y el amor que a nosotros se nos derrama de las pupilas. Hay una charca semivacía y un campo de flores silvestres donde nos colamos. Hay setas y señales de revoltosos jabalíes. Hay una tortilla de patatas casera esperándonos en el asiento trasero del coche, una habitación en silencio y con vistas, miradas del pasado colgando en la pared, una inmaculada iluminada pero, sobre todo, hay ganas. Ganas de seguir viviendo de esta forma que nos inventamos, de explorar, de reír y de continuar un camino, tan salvaje y auténtico como lo son nuestros corazones.

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Andrea Diligenti (2016).
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