Día uno

El sol levanta en el horizonte las nuevas esperanzas, en un día ajeno a la cuenta de los hombres, un nuevo año despierta.

Los rayos de luz son más dulces en invierno. La casa está aún fría de la oscuridad de la noche. El mediodía roza sus manecillas en el reloj. Las macetas tienen sed. Las bocas guardan la espesura del champán que tragaban hace apenas unas horas. En la galería de cristal el calor busca refugio, mientras los cuerpos salen a devorarlo entre sus carnes pálidas, desnutridas e invernales.

Tararea una canción cualquiera y entre los cabellos se le cuela la luz. Observa más allá de la lente, del cristalino de sus ojos, de sus labios formando pliegues en la piel. Ya no necesita abrigo aunque sus pies permanecen fríos en la eternidad. La felicidad se le cuela entre las ropas. Es el día uno de una cuenta ya perdida. De quinientos ochenta y cuatro o trescientos sesenta y cinco días, de un año que aún no se ha cerrado pero se acerca a devolvernos la aventura de un nuevo despertar, en un tiempo que ha cambiado de significado, de medida, de personaje principal a secundario.

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© Fotografías de Andrea Diligenti, 2017.

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