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He alzado el brazo en un esfuerzo final por no dormirme, en busca de un rayo de atardecer que se cuela por el estrecho espacio que deja la cortina.

Me acuerdo de la primera vez que vi el sol entrar por la galería, de una forma suave y con disimulo, como el perro que se acuesta en los pies de la cama sabiendo que no puede subir, e inmóvil se queda toda la noche compartiendo el sueño.

A ella le brillan los labios cuando riega las macetas de la mesa, mientras su pelo, a causa de la corriente de aire, trata de huir por la ventana y ser compañero de las gaviotas.

Le susurra a las flores cosas bonitas para que crezcan fuertes y altas, la tierra es húmeda y las hojas gotean en una tarde lenta y calurosa, donde dos poetas navegan en cojines por laderas del sur al ritmo de sonidos de plata.

Ya cae el sol por detrás de las antenas acusadoras, y de las paredes se muestran unos ojos oscuros, tristes y cansados.

Es de noche y las flores duermen. Estamos ella y yo compartiendo una copa fría, casi congelada, mientras la noche se hace más oscura cada vez segundos más tarde, porque sin darnos cuenta ya es verano, nuestro verano.

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