La pérdida, la sacudida y el silencio

La pérdida, la sacudida y el silencio son corrientes de un mismo mar. Porque al perder no perdemos un algo, sino la idea de que ese algo fue alguna vez nuestro. De algún modo podíamos estrujarlo, moldearlo y guardárnoslo muy dentro, en un lugar también imaginario. Pero la pérdida es la lucidez del propio estado de las cosas tras la sacudida, y tras de ella ya sólo viene el silencio o pensamientos que hablan muy bajito, susurrando, como detrás de un sueño.

Yo soñé contigo, soñé contigo en un sueño muy pequeño y muy cercano. En tu casa, que también es casa mía o me la apropio haciéndola casa primera, de la infancia, del recuerdo. Nos soñé en el lecho, junto a otras caras llenas de amor y una luz del azul más puro, sin edad pero de amplia sonrisa. Aún puedo verla sonreír. Yo ocupaba el lugar que antes fue de él y es hoy hijo de la ausencia, y mientras soñaba que te perdía porque alguien, a lo lejos, te pedía con más fuerza de lo que yo lo hacía, a años luz de esta casa que es más tuya que mía, nosotras hablamos de cosas nuevas y viejas, ajenas al dolor y a las penas, ajenas a los tiempos que vinieran. Y allí te fui dejando entre el azul y el rosa de tus muros blandos, entres las flores de tu balcón y tus cristales llenos de sol. Y te guardé para siempre en aquella casa que hoy es ya casa de nadie, llena del silencio que trae consigo la sacudida.

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