La suma de todos los tiempos es igual a cero

Dentro del coche el tráfico parece una función muda de luces sobre un manto de oscuridad donde cada vehículo arropa la historia de un domingo que se apaga. Miro a izquierda y derecha, y en un todoterreno negro observo a un padre que habla con su hijo mientras éste trata de librarse de su asiento de seguridad, haciendo aspavientos, exaltado por la conversación; otros niños más allá nos hacen burlas y nos saludan con la mano; a este lado una pareja con un buldog francés (recostado sobre las piernas de ella) permanece en silencio, parecen estar enfadados, cada cual mira a un ángulo, no despegan los labios, fruncen y relajan el ceño a cada tanto. Son vidas sucediendo en el interior de esta pausa prolongada frente a un semáforo, vidas como la nuestra, en la que mientras él habla de qué se yo, yo vuelvo al viento que nos azotaba por la mañana.

Era ya mediodía cuando bajamos por primera vez de nuestro coche de alquiler que, por seguridad o diversión, él había escogido tamaño familiar. La puerta, especialmente pesada, me desabrigó frente al aire libre y violento que resbalaba sobre el pasto y aullaba entre las copas de los pinos que se levantaban a un costado del camino. Trepé un pequeño pecho y bajé por unas escaleras de piedra que (daban la sensación) se habían construido no hace mucho. Él prefirió dar un gran salto hasta llegar a mi altura sobre el campo enjambrado de florecillas silvestres en el que dos porterías oxidadas y sin red se desvanecían en su olvido. Me pareció que ya no habían niños que vinieran aquí a jugar, sólo las señales de exploradores jabalíes eran la huella de su única compañía.

Nos adentramos en la oquedad del bosque, volviendo sobre las pisadas de su infancia mientras él relataba sus pueriles campañas, sentí que volvíamos sobre aquellos días suyos como si lleváramos el mapa de un tesoro, contando los pasos, atentos a las marcas en busca de alguna pista. Así llegamos al rincón que fue su barraca, bajo pinos viejos y encinas nuevas. Dijo que todo estaba igual, que hoy aquel lugar, podría ser el de sus ocho años. Y sí que lo era. Lo asimilé en el momento en que los vi a los dos cruzarse mientras atravesábamos la arboleda y el sotobosque me mordía con saña los tobillos abriéndomelos en carne viva. Lo vi a él ahora, narrando sus aventuras con enérgica fascinación a la vez que él niño corría en zigzag, gritaba y sonreía sin percibir nuestra presencia. Allí estaban los dos, ajenos el uno al otro, o puede que el niño intuyera algo de nosotros como si fuésemos un trozo pesado de la brisa que le circunscribe el cuerpo, y nosotros podíamos verle a él (a él y a otros niños) como si todos los tiempos estuvieran sucediéndose en un sólo tiempo fuera de los márgenes del tiempo.  Fue entonces cuando empezamos a correr bajo la sinfonía estrepitosa de los árboles, asustados tal vez por los chillidos de la nostalgia y empujados por el peso de sus recuerdos, abandonamos aquel teatro que parecía haber estado sucediendo en bucle durante los interminables años de su ausencia.

Liberados de las voces de los niños saltamos al campo, pisamos los verdes pastos de tierra aún tierna por las lluvias de los últimos días y bajo un cielo azul salpicado de nubes nos rendimos al viento. Cuánta violencia en su carrera llevaba el aire. ¿A dónde iría con tanta prisa que nos amorataba la carne con su golpe iracundo? Era otro tipo de ferocidad a la que habíamos abandonado en la ciudad, mucho más salvaje pero a la vez, mucho más encantadora, como el gruñido de una madre. Desde abajo quisimos calcular la velocidad precisa de las nubes, y hablábamos a voces porque nuestro sonido se lo llevaba de un zarpazo la ventisca, pero estábamos extrañamente a gusto en medio de aquel vendabal, sobre el refulgente color de la hierba, ofreciendo nuestros rostros al último sol del invierno.

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Palau Sator huele a vaca, a tierra, a granja, a guiso en la cocina, pero sobre todo a vaca con un regusto a leche recién ordeñada. Sus pocas casas, apiñadas unas junto a otras, crean la maraña de cuatro calles que más que un pueblo parece el nudo en el pelo de una cría; construidas piedra a piedra, con el pulso y la paciencia del mejor cirujano, así se levantan los hogares aquí, como quien teje un bolsillo para meter el corazón. Los callejones son antiguos y estrechos, de las ventanas se descuelgan macetas y en la puerta de las casas se apila la leña, los pájaros trinan y discuten, vuelan persiguiéndose unos a otros a la par que él continúa novelan sus historias. Habla de los vecinos, de sus rutinas y golferías infantiles, de paseos en bicicleta, de su escalada de fachadas y sus paseos por tejados. Habla y va dibujando un mapa del pasado del que sólo quedan algunos escenarios. Y yo me enfrento al Palau Sator de hoy y al del pasado, y en la línea fronteriza entre ambos me acomodo a ser testigo del nuevo mundo que él está erigiendo para mí, para mi yo de hoy y del mañana.

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