La prima notte

Las periferias de las ciudades siempre parecen tristes y más ahora que en el suelo reposa la lluvia en charcos. Vamos en el autobús que nos traslada del aeropuerto al centro de la ciudad. Es de noche ya, aunque son sólo las siete de la tarde. Permanecemos en silencio durante el trayecto. Al bajar en la estación tengo la sensación de haber despertado, de que estas horas previas eran un sueño y por fin volvemos a la realidad pisando los adoquines de las calles. Sopla un viento frío que busca cobijo en mis oídos mientras arrastramos nuestros cuerpos cansados hasta el hotel. Tomamos unos minutos para calentar los cuerpos.

Nos alojamos en un hotelito que ocupa la tercera y última planta de un viejo edificio a espaldas de la catedral. Las escaleras son amplias y delgadas, de un piedra gris ya desgastada, y en cada rellano hay macetas bajo el porticón de una ventana que dan una verdadera sensación de hogar. Trato de imaginar cuántas vidas habrán pisado sus peldaños, mientras descendemos en busca, de nuevo, de la calle.

¿Hay algo más romántico que una oscura y fría tarde de invierno paseando por las estrechas calles mojadas y viejas de Florencia? Caminamos con esa extraña sensación de calor en el alma que explota de emoción al llegar a la Piazza della Signoria. Allí, todo ese calor contenido estalló dentro de mi cuerpo como lo hizo el Big Bang en el opaco silencio del Universo, en una detonación de amor a la belleza. Y frente a la arcada de la Loggia, bajo «El rapto de las Sabinas» (Giambologna, 1579) tuve la firme convicción de que el mundo, nuestro mundo humano en cuanto a lo que el hombre es capaz de hacer de él, era un lugar idílico y maravilloso. Al contemplar la contorsión espléndida de sus formas girando en torno a ella para descifrar la proporcional belleza de todos sus ángulos, me sentí a salvo entre la especie humana.

Fue una encantadora bienvenida la que nos regaló Florencia, aquella noche de febrero frente al David, entre Perseo, Hércules, el centauro Naso, las Sabinas… cuando resguardados de la fina lluvia, nos dejamos acariciar el corazón por la belleza del arte inmortal.

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