Florencia: paseos sobre el Arno

Había demasiada luz para ser tan temprano, las calles aún húmedas y silenciosas se despertaban en la lenta resaca de un domingo. Por el camino encontramos un viejo fotomatón y no pudimos resistir el impulso de probarlo. Sentados dentro de aquella caja de zapatos nos sentimos viajar a otro tiempo, esperando los largos segundos entre cada destello de flash, manteniendo contra el temblor nuestras estúpidas y entrañables expresiones para la posteridad. Pareceré tonta, pero con cosas así una recuerda la importancia de la espera, la paciencia que la vida moderna nos ha hecho perder, el mágico hacer lento de las cosas que parece una eternidad para una generación acostumbrada a lo instantáneo. Ya nadie tiene ganas de esperar por nada, como nosotros esperamos cuatro minutos a las fotografías en blanco y negro que acabábamos de hacernos o los treinta y cinco de pies helados bajo el portal de la Galleria Uffizzi, mientras el sol se posaba sobre el cauce del río Arno iluminando los vivos colores del Ponte Vecchio.

Accedimos al museo por una escalinata de peldaños achatados y custodiada por bustos clásicos donde la luz se derramaba cada vez con más intensidad según íbamos ascendiendo. Cuando alcanzamos el final, envueltos ya en una halo de belleza, el corredor se nos presento como un espacio infinito y caleidoscópico. El mármol de las esculturas se mezclaban con el hueso y la carne de los visitantes y apenas quedaban espacios abiertos entre cada figura viva o inerte.

Sala a sala, nos empapamos de colores y formas en continua evolución. Y aunque a menudo, hay demasiada gente a la vez frente a una obra de arte, trato siempre de aislarme y sentirme en soledad con ella, con el artista y su entusiasmo. Espero el tiempo suficiente hasta que los contornos se difuminan y en el silencio se inicia el auténtico diálogo. Pero hay cosas que te golpean, que te sacuden los huesos y uno a uno tienes que colocarlos de nuevo, aunque ya no lograrás hacerlo de la misma forma. Es un imposible fingir que eres la misma persona después de estar frente a «La Primavera» de Boticcelli, cuando las distancias enmudecen o tú te quedas sorda por querer abrir tanto los ojos y tragar por ellos cada pincelada mágica. Imaginé al genio descalzo, con varios pinceles en la mano, yendo y volviendo sobre sus pasos de la totalidad al mínimo detalle. Quién puede decir ahora que no es arte una simple florecilla entre cien más.

Toda la Gallería Uffizzi es un vapor de esencias celestiales, desde el suelo a los ventanales por donde se descompone en pequeños trazos el Arno. Y mientras la ciudad se nubla cruzamos el puente que hace poco veíamos a través de las cristaleras, para llegar hasta el Palazzo Pitti, donde calmamos el frío con un chocolate caliente.

Es inútil imaginar los límites del pequeño bosque que se esconde tras la sombría fachada del palacio. La magia de los jardines Boboli nos atrapa desde que encaramos la escalinata y, escoltados por el rumor de fuente, comenzamos la subida hacia el estanque de Neptuno. En el gran anfiteatro de bustos blancos y espesura verde que nos da la bienvenida imagino idílicas noche de verano. Me acostumbraría enseguida a esta clase de escenarios pues hay algo todopoderoso en ellos, en todos los jardines donde la naturaleza convive con el arte de los hombres. Apuesto a que cualquiera querría tener un camino de cipreses a espaldas de su casa, custodiado también por silenciosas estatuas de mármol y cuyo final fuera una extraordinaria isla de piedra y agua, de motivos mitológicos y sobrenaturales sobre la naturaleza misma. Así que exploramos cada centímetro de este enjambre de fresca hierba, de rosales, de laureles y balcones sobre la infinitud del horizonte desde donde acaso alcanzo a ver nubes sobre España.

Salimos por una puerta ajena a los turista y entre el recoveco de calles silenciosas fuimos a dar con los jardines de Bardini, una extensión de terrazas que en el año 2015 dejaron de ser propiedad privada y hoy se asoman sobre Florencia con una quieta y majestuosa elegancia. Tras el paseo, nos dejamos caer en picado de nuevo hacia el Arno.

La tarde se nos extingue en el café Gilli, que desde el pasado siglo custodia la plaza de la República y a cuyas puertas Ruth Orking capturó su famoso fotograma «American girl». El salón conserva la elegancia de otro tiempo, con una cálida iluminación que se descuelga de una gran lámpara de araña y su mesitas de mármol adornadas con mantelitos de holanda sobre los que reposan pequeños jarrones con flores frescas. Allí un chupito de café nos regala horas de disertación.

Con la oscuridad nos perdemos entre las viejas calles vendidas a la moda, donde lujo, modernidad e historia conviven en una extraña simbiosis que me hace sentirme deambulando por escenarios de películas en blanco y negro. Hasta hay un carrusel de luces mágicas donde los caballos trotan mecidos por la música y dan a este rincón de Florencia una carácter peculiar, romántico y detenido sobre los charcos de la lluvia.

Cuando el frío apremia volvemos al hotel en busca de un pellizco de hogar. Me gustan los hoteles porque puedo saltar como una niña en la cama sin ningún remordimiento, y merodear en los canales extranjeros de la televisión. Me gusta también la extraña espesura de las sábanas y las duchas infinitamente largas.  Pero es, a la vez, un lugar de conflicto entre el cansancio y la certeza de que fuera hay lugares extraordinarios esperándonos. Así que cruzamos por enésima vez el Arno, esta vez en la espesura de la noche alumbrada sólo por tímidas bombillitas naranjas y nos metemos en un precioso restaurante de la calle Santo Espirito para acabar de zamparnos Florencia, mientras sobre el río se refleja una enorme luna que se arropa y se destapa de nubes negras.

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