Fundación Miró, o el arte a media luz

19 de mayo

Cae el sol mientras hacemos cola a la puerta de la Fundación Miró. La estampa con respecto al año anterior nos sorprende, porque habíamos llegado sin ninguna pretensión y encontramos la entrada desierta. Hoy en cambio, ávidos visitantes esperan el acceso creando una línea humana que confina nuestros cuerpos justo en medio de ella.

El éxito de iniciativas como «La noche de los museos» reside en la oportunidad que ofrece al público de acceder a lugares que tal vez de otra forma no se habría planteado visitar. Ese fue nuestro caso cuando llegamos por primera vez hasta la Fundación Miró y nos atrapó para siempre, pero ¿por qué?

En primer lugar por el edificio. Levantado en los años setenta entre el verdor que Montjuic le confiere a la ciudad, esta construcción de Josep Lluís Sert sigue el estilo arquitectónico del racionalismo. En él la pureza de las formas hacen al visitante sentir que circula entre las salas como lo haría una ráfaga de aire. Los patios, la pequeña fuente infinita derramándose sobre Barcelona, las terrazas y esculturas que poco a poco se descubren a nuestro paso, nos hacen disfrutar del arte en contacto con los elementos.

Dentro de un espacio así no es de extrañar que las percepciones sensoriales se nos despierten y, sin filtros, las obras de Miró nos atraviesan los cuerpos. Su imaginario infantil, surrealista, extraterrestre (…) nos azota y se queda anclado. Sentimos las emociones que exhala cada obra: tragedia, euforia, grito, silencio, desgarro, amor, espejo.

El camino va, ordenadamente, de principio a fin sobre su trayectoria artística y ante cada creación nos detenemos buscando la interpretación perfecta. En concreto hay dos obras que me sacuden como un impulso eléctrico. «Pintura sobre fondo blanco para celda de un solitario», un tríptico que te atrapa por la desmesura de su sinceridad. Una grieta fina y oscura que rompe la luz. Las grietas del mundo, los gritos mudos que quiebran la nívea paz. Pasaría horas delante de ellas, siguiendo el delicado recorrido que parece dibujado con suma lentitud y constancia e imagino que esa línea es una vida, puede que la mía. Entonces me veo yo como autora, pincel en mano, trazando el curso de mis días y cuando agrando la mirada hacia el conjunto veo el chillido, el que fue primero y el que será último, en perfecta comunión. Así imagino el mundo, como una consecución de hilos sobre el fondo del todo, como aquellos que la Moiras cortaban, pero delineado por nosotros mismos.

«Mujer soñando con la evasión» es un sueño en sí (y perdonadme la redundancia). Me hizo gracia leer el título la primera vez que la vi, porque me reconozco en él buscando siempre una escalera. Puede que aún mis pies nunca hayan bajado de ella y lo más cercano al suelo sea el último escalón (o primero, según la dirección de referencia). El mundo de lo onírico es mágico y, ¿quién dice que no tan real como aquello que tocamos? Si de él nacen las artes y yo podría tocar este cuadro. Lo imaginario está subestimado, no hay más que mirar de frente, por ejemplo, esta obra de Miró para entender que no hay fronteras entre los dos mundos, que ambos sobreviven gracias al otro, el yin y el yang del mundo de los hombres, el sueño y la materia, el arte y la obra. Magia. Magia pura frente a nosotros.

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