Mis primeras maternidades

De lleno en el tercer trimestre de gestación, me atrevo a abrir un nuevo espacio para nuestra vida en familia. Olivia, comienza a ocupar un lugar real entre nosotros, como lo ha ido haciendo dentro de mí. Poco a poco, los cajones se llenan de ropa diminuta y en los rincones de nuestro hogar parece que florecen los utensilios de puericultura. Es ahora cuando echo la vista atrás hacía aquellos primeros meses en los que no me sentía capaz de lograrlo.

No vengo a hablar de maternidad, puesto que maternidades hay tantas como vidas que habitar; vengo a hablar de mi maternidad, aún semilla, porque compartir es ayudar. Y en este mundo en el que históricamente se nos ha robado la voz, considero mágica y necesaria esta maraña de luces que las mujeres vamos construyendo sobre nuestros espacios comunes.

Para mí, al principio, fue muy importante conocer qué era aquello de la maternidad que parecía venirnos de fabrica, pero de lo que nunca nadie me habló. «Ya lo sabrás cuando seas madre», lo había escuchado desde pequeñita pero, ¿quién iba a enseñarme a serlo? Ese desconocimiento hizo que, tras ver aparecer las dos líneas rosadas del test de embarazo, el miedo ganara el pulso a la felicidad. Durante las primeras semanas viví obsesionada con la idea de que yo nunca sería capaz de lograrlo. El pánico me despertaba en medio de la noche haciéndome sentir que algo horrible nos pasaría a mi bebé y a mí. Así que, me impuse como autoterapia el conocimiento.

Vi los documentales más hardcore, esos de partos negligentes y cesáreas forzadas, también los partos naturales, los hospitalizados respetando siempre a la madre y al bebé. Leí libros para saber a qué atenerme y busqué experiencias en otras madres, las cercanas y conocidas, y las lejanas y ajenas. Hay quien me decía que ver todo eso no podía hacerme ningún bien, que sólo me pondría mal cuerpo, pero conocer todas las aristas en las que yo misma podía desembocar, no sé si extrañamente, me tranquilizó. Me ayudó a saber cómo quería vivir este nuevo tiempo de mi vida, a tener capacidad de decisión sobre mí misma pero a la vez me abrió a todas las posibilidades, a trazar un plan sin plan, porque cualquier cosa podría ocurrir, y fuera lo que fuera yo estaría preparada para enfrentarla.

Los primeros meses fueron feos, me sentía agotada, sin fuerzas, apenas comía, todo me daba asco, el olor a comida, el de la pastilla de jabón, incluso un simple sorbo de agua. Tuve que recurrir a las papillas y hacer un verdadero esfuerzo para tomar más de dos cucharadas sin que acabaran vomitadas en el wáter. Apenas podía estar de pie, sentía un vértigo constante, tenía miedo de salir a la calle y perder el conocimiento. Más de una vez me desmayé. Me preguntaba quién querría repetir aquella experiencia. El día en que me hicieron la primera ecografía supe que cada minuto de aquel malestar, odio y rechazo de mi propio cuerpo, merecía claramente la pena. Me lo pasé llorando, esta vez de felicidad, tratando de asimilar que era cierto que dentro de me latía un corazón nuevo, que yo lo estaba haciendo posible e iba a ser maravilloso.

Ahora esos días me parecen muy lejanos y vivo consciente de que lo que se acerca no será fácil, pero será increíble. Sus movimientos me acompañan en todo momento, le hemos puesto un nombre, una linda cara, unos pies enormes y hasta un temperamento. Se va abriendo hueco en nuestras vidas mientras, lo único que trato, es de cuidar mi cuerpo para cuidarla a ella. Sigo leyendo, practico yoga, paseo, como sano y me mantengo en una actitud positiva ante la nueva gran experiencia que me acecha.

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