Pampaneira, la bonita escondida

Serpentea la carretera sobre un precipicio que queda de mi lado pero ya no me parece tan alto. ¿Será que comienzo a ganarle el pulso al vértigo? Me fascina más la súbita montuosidad que va dejando atrás el mar para subir hasta El Veleta. Siento el zigzagueo en el estómago. Es julio, afuera cantan las chicharras y dentro del coche suena el CD de una Rockdeluxe demasiado antigua. A cierta altura bajamos las ventanillas para dejar entrar el aire con olor a bosque y tierra que me abofetea el espíritu. Detrás de una curva aparece la vieja central eléctrica insertada a los pies de Pampaneira como si fuera su único cimiento. Quiero parar aquí mismo. Qué puedo decir, me enamoro de lo abandonado, de la nostalgia de otros días vividos y que ya nunca volverán, de las cosas que no pude haber vivido.  Pero seguimos el ascenso, y la última línea se corona con un cartel que nos avisa de que estamos en uno de los pueblos más bonitos de España.

Pampaneira, con apenas más de trescientos habitantes, es una caída de casas perfectamente encaladas sobre la Alpujarra granaína. Sus calles guardan el cuidado de lo construido a mano, piedra a piedra, como si cada una tuviera un valor o un significado. Quiero pensar en las manos que las pusieron aquí, en los pies de quienes las han pisado, de los turistas de temporada y los oriundos de día a día, de inviernos y veranos. Me imagino a las señoras, con su batilla de diario y una cesta de mimbre donde llevar sus recados, subir estas pendientes con una agilidad envidiable. Hace calor, pero por suerte el agua rompe la canícula y los silencios, bajando por las acequias que dividen en dos el paseo. A veces desearía esconderme en un lugar así. Del ruido, de la vida moderna, de la infamia de nuestra ciudad. Saber el nombre de los vecinos, dar de comer a los gatos que ornamentan cada puerta, plantar flores en un jardín sin el miedo a que pronto tendré que abandonarlo, dejar de mudar muebles, libros y macetas.

Esta pequeña excursión me abre mucho más la mente que los pulmones. ¿Por qué resulta tan difícil poder vivir en lo sencillo? Nadie nos preparó para lo verdaderamente importante. Así que tomo este oasis como un tesoro infantil que guardo en la caja de galletas de la experiencia. Y atrapo en ella la luz, el baile triste de los árboles, el rumor del agua nueva, recién nacida, la conversación que él mantiene con la traviesa mirada de Aretha, el tacto de nuestras manos unidas en los caminos, el ansia que me hierve en mi espíritu de red cazamariposas. Porque he llegado a la conclusión de que vivir, vivir plenamente, se refiere a estos destellos de momentos.

 

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