Quiero ser un buen padre

Hace un mes morí de amor en una pequeña sala de parto. Literalmente dejé de respirar y tuve que recordar cómo coger aire. Creía que el sudor me resbala por la frente e inundaba mis ojos, pero eran todas las lagrimas que no recordaba guardar detrás de mis pupilas. No creía ser testigo y partícipe de algo tan bonito, tan inocente e inofensivo. Cómo aquel día se convertiría en un recuerdo anual de una sensación que creí que me mataría de amor.

En el ecuador de este verano, sentado enfrente de mi padre a la sombra del lorenzo, nos encontrábamos en una de nuestras escasas conversaciones padre e hijo discutiendo amigablemente de varios temas. Por en medio de la conversación me dijo, con experiencia propia, que aún no podía entender el significado de ser padre, dando apunte seriamente a que solo cuando naciera, solo entonces, al tenerla en mis manos y ver la criatura por primera vez, en ese instante, me cambiaría todo. 

Nadie me ha podido explicar hasta el momento lo que sentiría el día del nacimiento,  como si de un pacto secreto entre padres no escrito se tratara y descubrirlo por uno mismo fuese el objetivo. Pues es imposible prepararte para ese momento, predecir cómo reaccionar; qué sentir, cómo ordenar todos los pensamientos que se pasan por la mente. Cómo todo el cansancio, el esfuerzo increíble de la madre, las ganas de tocar a tu hija por primera vez, de mirarla a los ojos y saber qué haras cualquier cosa por ella.

Aún a día de hoy recordamos la noche en vela, los minutos lentos entre contracciones, el cansancio acumulado, el sueño que se amontona encima de los hombros, el miedo a lo desconocido, la impotencia de ver el sufrimiento ajeno sin poder remediarlo y los nervios por ver a esa criatura con la que hemos esbozados tantos rostros.

Ya hace días desde ese domingo de Septiembre que Olivia nos acompaña, que vemos cómo su crecimiento físico y personal da pasos agigantados, que las horas que pasan imperceptibles para nosotros para ella son gotas que llenan su mente. En muchas ocasiones, su madre y yo nos quedamos en silencio observándola cómo duerme, atónitos por ese descubrimiento en nuestras vidas, como si quisiéramos atrapar ese instante para la eternidad, mientras nos repetimos sin cansarnos “no puedo creer que hayamos hecho esto”. 

 

 

 

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