La vida en la montaña

Cuando algunos días, de nuevo cruzamos el bosque por la carretera que serpentea hacia nuestra casa, vuelvo a la mañana en que sin opción a retorno y con toda nuestra vida metida en cajas, me preguntaba si no habríamos de arrepentirnos de aquella locura nuestra.

Nuestro ideal de hogar había sido siempre una casita en plena naturaleza, yo miraba fotografías de esos lugares idílicos y todo cuanto soñaba era tener una cuerda como tendedero para poner los trapos a secar al aire puro, verlos mecerse con el viento. A veces los sueños son simples pero se ven igual de inalcanzables. Con la llegada de Olivia nuestro apartamento en el Born se nos quedaba poco a poco demasiado pequeño, el traslado era inevitable, pero la ciudad no nos ofrecía un entorno en el que nos sintiéramos cómodes. El confinamiento y la vida en el balcón, el ruido, la contaminación, la delincuencia y suciedad de las calles formaron un bonito pack de viaje que nos enviaba lejos de aquel lugar que hasta entonces nos acogía y había sustentado las aventuras cotidianas de las que tanto disfrutábamos antes. Así fue como empezamos a fantasear con la vida en la montaña.

La búsqueda fue larga, a veces agotadora, barajamos mil opciones y lugares, algo cercano a la ciudad (donde seguíamos trabajando) pero con un entorno que hiciera olvidarte de ella. Buscamos casas y terrenos, nos planteamos la posibilidad de construir nuestra propia vivienda sostenible, pero pronto nos dimos de bruces con la realidad. Sin embargo, nuestro futuro hogar apareció una mañana de septiembre, era nuestro último día de vacaciones, y me aventuré a mirar sin filtros en el buscador, allí estaba: la primera casa, en un lugar del que jamás habíamos escuchado. Recuerdo mirar las fotos y decirle a Andrea: «me veo viviendo ahí». Llamamos y concretamos una visita tras nuestra vuelta a Barcelona. Después de ahí no diré todo fue sobre ruedas, porque comprar una casa es una tarea que agota física y mentalmente (y Andrea se llevó la mayor parte de papeleo y llamadas), pero dos meses más tarde, estábamos en esa carretera que corta el bosque, de camino a nuestro nuevo hogar.

No sé si es el lugar perfecto o la casa más bonita, pero cada mañana, mientras desayuno mirando cómo cambia el paisaje del Garraf y los pájaros acuden al jardín esperando su ración diaria de migas de pan, sé que estamos exactamente dónde queríamos estar y no cambiaría esa sensación por nada del mundo. Poder salir a pasear entre los viñedos o ir un poco más arriba, hacia la montaña, recoger flores cada domingo para adornar las habitaciones, escuchar el canto de los búhos en la noche o encontrarme con un zorro por la calle, que Aretha se pierda entre el sotobosque y vuelva a aparecer llena de alegría, que Olivia se emocione cada vez que avista un pájaro cruzar el cielo o posarse en el jardín, saludar a los vecinos que nos regalan hortalizas de su huerto o a las niñas más mayores que vienen buscando a Olivia para jugar con ella en la calle, mi madre y su charlas con todo el mundo, Andrea en sus mil proyectos para la casa. TODO es un inmenso agradecimiento al lugar en el que estoy y a la gente que me acompaña.

Y aunque puede que la vida en la montaña nos haya hecho un poco más ermitañes, nos hace tremendamente felices. Así es como sabemos que aquel salto era la locura que tanto deseábamos. Ahora solo nos toca llenar de nosotros este espacio, volverlo nuestro.

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