El sentido de un hogar

Hace unos días, mientras colgaba el primer cuadro en nuestro salón, diez meses después de haber venido a vivir a la casa, pensaba en la desbordante satisfacción que las cosas simples producen, si sabemos apreciarlas. De pronto, un sólo objeto me proporcionaba la certeza de que habíamos conseguido hacer hogar de este espacio que habitábamos pero hasta ahora no nos pertenecía. Por fin las paredes eran blancas, la chimenea había desaparecido y en su lugar teníamos una bonita estufa de leña. Con tan poco, habíamos conseguido cambiarlo todo.

Pensaba también, en la terrible frustración que a veces las redes sociales producen. Una, que se cree una persona con los pies en la tierra, se asoma a estos mundos consciente de que todo lo que ve es sólo la punta del iceberg. Sin embargo, esta nueva realidad, de alguna forma, acaba calando en los pensamientos y los retuerce. Desde que tenemos la casa me he aficionado a «los antes y después» de reformas, muchas de ellas parecen tan rápidas y sencillas, busco inspiración en imágenes que filtro según las características que son afines a esto que nosotros queremos crear; sigo cuentas, miro webs, blogs, nada fuera de lo normal, algo que todos hacemos de un modo u otro, casi a diario. Pero me di cuenta de que toda esa información, a veces demasiado idílica, hacía que mi cabeza fuera más rápido de lo que nosotros podíamos conseguir, era inalcanzable. Una idea aquí, una idea allá. De pronto había más frustración que disfrute del proceso. Entonces el cuadro me tumbó. Podía quedarme largos minutos de pie frente a él, había paz en el acto de que estuviera al fin allí colgado. Me hizo recordar el sentido de ambos, de él frente a mí, y de mí misma dentro de la casa.

Andrea y yo siempre hablamos de cómo queremos que sea nuestro hogar, ya lo hacíamos antes de estar aquí. Visualmente limpio, donde cada detalle tenga una razón de ser, un significado. Nos gusta hacer cada elección de manera consciente, valorando su necesidad, durabilidad, el modo en que se ha elaborado. Cuando te das de bruces con tanto por hacer, aprendes a la fuerza a priorizar y constantemente tienes que repetirte ese mantra de cómo quieres las cosas. Las redes sociales no ayudan en esta tarea mental, porque te bombardean con ideales endulzados de cómo debería ser, pero es que resulta que en el 90% de los casos, no es así y nunca será. Y nadie te cuenta que en el último año se han quedado a cero sus ahorros tres veces, o que podrían haber pintado la casa en una semana si hubieran comprado la pintura en una gran superficie comercial y no en un pequeño comercio de elaboración sostenible y no tóxico.

Creo que esta comunicación también es importante, porque devuelve a la realidad. Meditarlo me calma, me hace ver que donde antes había una pared eternamente sin pintar, ahora hay otra que cumple con mis valores, y el disfrute de admirarla es inconmensurable. Me hace creer en nuestra forma de hacer las cosas: lenta, consciente. Y me hace sentir que, como pájaros, ramita a ramita vamos construyendo nuestro nido.

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