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He alzado el brazo en un esfuerzo final por no dormirme, en busca de un rayo de atardecer que se cuela por el estrecho espacio que deja la cortina.

Me acuerdo de la primera vez que vi el sol entrar por la galería, de una forma suave y con disimulo, como el perro que se acuesta en los pies de la cama sabiendo que no puede subir, e inmóvil se queda toda la noche compartiendo el sueño.

A ella le brillan los labios cuando riega las macetas de la mesa, mientras su pelo, a causa de la corriente de aire, trata de huir por la ventana y ser compañero de las gaviotas.

Le susurra a las flores cosas bonitas para que crezcan fuertes y altas, la tierra es húmeda y las hojas gotean en una tarde lenta y calurosa, donde dos poetas navegan en cojines por laderas del sur al ritmo de sonidos de plata.

Ya cae el sol por detrás de las antenas acusadoras, y de las paredes se muestran unos ojos oscuros, tristes y cansados.

Es de noche y las flores duermen. Estamos ella y yo compartiendo una copa fría, casi congelada, mientras la noche se hace más oscura cada vez segundos más tarde, porque sin darnos cuenta ya es verano, nuestro verano.

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Manchas en el cielo

Todavía sigue durmiendo, ni la luz llega a cegar la vista y el viento corre libremente, solamente se escuchan las golondrinas que revolotean sobre las azoteas. Sus sombras se entrevén por los agujeros de bala en la ventana mientras pían sin melodía, como si se avisarán entre ellas para no chocar. Por el momento el sol acaricia las tejas de las azoteas, el color de las montañas cobra brillo y el aire se delata con la dirección de las veletas.

Es una mañana de cualquier día, ningúna fecha en especial, primavera de un año impar. Igualmente capturo imágenes   dentro de mi cabeza de cada detalle que me rodea. Un título de un libro, la lampara del escritorio, una foto antigua, el cojín en forma de zorro, un póster enmarcado, la cruz encima de la cama.

Su respiración es lenta con los ojos cerrados sin fuerza, permaneciendo en sueños ajena a lo que le rodea. Da la sensación de poder colarse por sus labios al otro lado de la realidad, y como un explorador dedicarse solamente a observar. Tengo ganas de despertarla para seguir nuestra ruta.  Pero todavía es temprano y el día largo, no tenemos ninguna prisa y las golondrinas vuelven a salir en el atardecer.

Manchas en el cielo

El calor de primavera

El calor que te gusta, que despierta esa emoción que viene y desaparece como las nubes. 

Lo real de amar lo sencillo, como mojarse los pies en el mar de primavera y mostrar el amor para transformarlo en algo más alto. 

Seguir a la naturaleza para entender todas las cosas, explorarla y observarla, siendo fiel a la locura de descubrir, para escribirla en un cuaderno y guardarla en el cajón de los calcetines. 

El calor de primavera

Cómo sus ojos lo delatan

Hemos entrado y su mirada nos ha detenido el paso, como si quisiera que tomáramos un momento antes de empezar. Dejar por el instante que dure la visita a esta exposición, toda idea de la instantánea, lo que entendemos por bonito y triste, y lo que tememos hablar o prejuicios que esquivar.

Peter Hujar es un artista Neoyorquino, al que descubrí a través de mi curiosidad por el movimiento fotográfico en los años 70, desde un punto diferente en lo artístico y fuera de todo lo convencional. Una fotografía atrevida y directa, sin tapujos y sin la necesidad de explicar nada, tan solo explorar otra forma de ver a través del objetivo.

A la velocidad de la vida” es el título con la que han nombrado la serie de fotografías enmarcadas que cuelgan en las paredes de la Fundación Mapfre de Barcelona.

Una recopilación de su viaje por Italia, los crudos retratos de la gente con la que se rodeaba, rascacielos que sujetaban el cielo de la gran manzana, él mismo cuando la expresión “selfi” no existía. Su compañero en todos los sentidos, modelo de alma mostrándose desnudo ante la cámara en su máxima intimidad. La muerte con los labios pintados en el último suspiro, manteniendo la mirada para el recuerdo. Y la belleza del cuerpo y sus detalles, en un formato cuadrado con la profundidad y cercanía que convierte su obra enmarcada en ventanas que piensas en poder abrir para tocar una realidad de blanco y negro.

Al acabar el recorrido leemos una frase del artista que dice:

Quiero que se hable de mi en voz baja.

(Peter Hujar).

Cómo sus ojos lo delatan

De su aroma viene el recuerdo

De camino en el tren una mujer, de avanzada edad, con una piel suave y de rostro alegre, sacudió el abrigo que portaba, desprendiendo un olor que me ha recordado a un coche en el que viajé. Recorremos una carretera llana entre senos rocosos con árboles de adorno. Pese a no palpar la temperatura, el tono de las piedras y la puesta de sol delatan el calor que abrasa el asfalto por el que rodamos.

Mientras yo la observo por el retrovisor se nos presenta una puesta de sol que agarro y guardo en la mano, apretando los nudillos hasta ver las grietas en mis dedos para amoldarla como miga de pan.

Cojo aire y retengo los nervios en el estómago, miro el paisaje andaluz y la entrada por montes plagado de olivos, y a lo lejos la capital.

Es un viaje de placer para disfrutar del paisaje, la compañía, el buen beber y comer. Las amistades y las costumbres. La familia y los reencuentros, ponerse al día y explicar anécdotas. Y entre todo, lo especial del viaje, un mensaje de los últimos románticos, como diría ella, guardar un fin de semana para barbacoas y ver las estrellas dos noches seguidas de fiesta. Nos vamos a casar y queremos veros bajar por la carretera de Rascafría.

Es la última parada pero la mujer ya no está, le doy gracias por el recuerdo que me ha provocado.

Andrea Diligenti (octubre 2016)
De su aroma viene el recuerdo

Raíces centenarias 

He buscado los latidos de un árbol ya con arrugas por los años. Grande y con fuerza permanece inmóvil desde la raíz hasta la copa, donde percibimos el aleteo de algún pájaro que observa la ciudad en el atardecer de un domingo. Cien años contados avalan al viejo fresno y sus hojas brotan frescas en un verde intenso, su corteza parece indestructible pero muestra daños.

-¿Cuántas cosas que habrás visto?

Le pregunto en voz alta, rompiendo el silencio de un jardín que cuenta historias con el silbido del viento.

Andrea Diligenti (2017)
Raíces centenarias 

Una luz bonita

Se detiene de golpe y mirando a su derecha me señala con palabras el callejón que se esconde a nuestro lado.  -¡Mira que luz más bonita!- apunta ella, y con la cara de perdido me fijo en la dirección que observa.

Nos quedamos quietos mirando cómo la última luz de la tarde se cuela por encima de los tejados del Gótico, consigue llegar hasta la esquina donde empieza una pequeña calle, señalando a un hombre que apura el sol para calentarse y disfruta de ese instante con caladas de un cigarro que decora el callejón con una niebla espesa.

Ella se apresura en capturar el momento y me anima a hacer lo mismo, recordándome la importancia de fijarnos en las cosas bonitas que se nos presentan sin aviso previo.

Respiramos tranquilos, aguantando el momento para disparar, como si tensáramos el tiempo con un cordel hasta el punto de romperse. Y capturamos a la presa en una instantánea antes de que se pierda en la sombra.

Me doy cuenta al seguir, que me he vuelto vago al mirar a mi alrededor, que no me fijo en las cosas con curiosidad. Solamente me preocupo de llevar el trazo de mis pasos en línea recta y sin opciones a distraerme. Sin observar, caminar con anteojeras de un lugar a otro y perder el encanto de la espontaneidad

Tomo este momento como una lección, y el ejemplo de parar el tiempo que haga falta para dar fruto a esas inquietudes que siempre siguen a uno mismo. Tengo esta lección porque ella me frena y me hace ver con los ojos descubiertos, indiferentemente del lugar y el momento, que tenemos un quehacer, mirar a través de los ojos.

Sara deluis 2016
Andrea Diligenti 2016
Una luz bonita