La oscilación

Andrea Diligenti (2016).

Algunas cosas parecen sencillas y no lo son, como mantenerse a flote cada día.

Uno se empeña en llegar a ese lugar utópico que llamamos equilibrio y tras su rastro avanzamos por raíles viejos y oxidados que van desde los sinónimos hasta los antónimos, desde la luz a la oscuridad, de un punto cualquiera hacia sus equidistante, como lo hace un péndulo.

Cada uno de nosotros tiene una batalla que librar, muy lícita, muy nuestra. Y apenas despunta el sol en la mañana, apretamos las manos contra la piedra elevándola, día a día, hasta la cima de una montaña para verla desde allí caer, noche tras noche. Porque no tenemos más herencia que la condena de Sísifo, así que dejadme decir algo: la oscilación mantiene a flote el barco.

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La oscilación

Frigiliana, el pueblo que atrapa entre silencios

Avanzamos por la carretera persiguiendo la estela del sol, de un lado la costa, del otro la montaña. Corono la pendiente un conjunto de casas que más bien parecen una cascada blanca queriéndose precipitar sobre el lejano mar. Frigiliana se resiste a extinguirse con la última luz de la tarde, haciéndose viva luciérnaga de la sierra malagueña.

Paseamos por las calles que, a esta hora, ya han abandonado los turistas cuando el tímido aire de la noche trae consigo un rumor de voces roncas y una sinfonía de abanicos. Se abren las puertas, se suben las persianas, se arrastran sillas sobre la acera. Zigzagueamos subidas y bajadas de piedra, mientras las flores prosiguen su silenciosa lucha con la cal, los gatos nos salen al paso y los perros nos miran perezosos.  Huele a verde y a sal, a jazmín y a pan casero. Frigiliana es un pueblo de contrastes, de ostentosos alemanes e ingleses siempre fieles al lino, que pasean como quien paga la entrada a un museo, entre señoras de combinación y misa, jubilados de casino y niños con pelota bajo el brazo. Y hacen ruido y piden lo que dejaron atrás (allá en sus países): su lengua, sus costumbres, sus horarios… Admirando desde la lejanía lo que les es extraño.

Pero hay quien aún sabe escuchar y entonces descubre el canto de la acequia, que lo deja preso para siempre de esta tierra. Porque Frigiliana es una pequeña joya para artistas. Aquí transcurre la profunda vida popular andaluza, con su alegre belleza de luz, su paso calmado y puro, su abrir de brazos de par en par. Tal vez por eso se quedó Klaus que, desde sus estudio, nos descubre lugares mágicos, nos habla del contraste de las que ya son sus dos tierras y no podemos evitar la tentación de quedarnos nosotros también con un pedacito de él. Y es que hay lugares que, junto a sus gente o tal vez por ellas, irradian una energía que te eleva por encima de todos los mares y montañas, que te roba un cacho de corazón y se lo guarda para siempre consigo, a la espera de que algún día vuelvas a reclamar lo allí lo perdido.

 

 

Frigiliana, el pueblo que atrapa entre silencios

Duane Michals: un paraguas para el alma

Amanece gris en el día de mi cumpleaños, el aire es demasiado fresco para esta mañana de agosto. Llueve, es un bonito regalo. Desayuno en soledad disfrutando del acontecimiento tras el ventanal. En seguida llegan las sorpresas, las risas y los abrazos, y tras ellos, las ganas locas de salir a la calle, de disfrutar de este día tan melancólico y feliz.

Aún llueve cuando tomamos el autobús que cruza la Gran Vía. De camino, por el parque, los periquitos juguetones se bañan en los charcos. Nos resguardamos bajo nuestro único paraguas. Subimos por la Rambla y tomamos la primera calle a la izquierda. A pocos metros, buscamos refugio en la Casa Garriga i Nogués, sede en Barcelona de la Fundación Mapfre, y en unos minutos estamos al calor de las fotografías de Duane Michals.

La muestra recoge un ejemplo de su obra, o de su vida, que viene a ser lo mismo. Michals, trató siempre de buscar historias detrás de la fotografía, de sugerir un mundo metafísico mucho más que de buscar la realidad plasmándola en sales. Fiel seguidor de pintores como De Chirico, creó secuencias como pequeños relatos a los que a veces acompañaba de texto, construyendo nuevos mundos como tímidas habitaciones del ser. Y ante ellas nos encontrábamos nosotros, sintiendo cómo el objetivo había atravesado la carne y el alma, sintiendo fascinación por el modo de hacer poesía con el simple movimiento de un dedo. Atrapados, heridos, cómplices.

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Duane Michals: un paraguas para el alma

La pérdida, la sacudida y el silencio

La pérdida, la sacudida y el silencio son corrientes de un mismo mar. Porque al perder no perdemos un algo, sino la idea de que ese algo fue alguna vez nuestro. De algún modo podíamos estrujarlo, moldearlo y guardárnoslo muy dentro, en un lugar también imaginario. Pero la pérdida es la lucidez del propio estado de las cosas tras la sacudida, y tras de ella ya sólo viene el silencio o pensamientos que hablan muy bajito, susurrando, como detrás de un sueño.

Yo soñé contigo, soñé contigo en un sueño muy pequeño y muy cercano. En tu casa, que también es casa mía o me la apropio haciéndola casa primera, de la infancia, del recuerdo. Nos soñé en el lecho, junto a otras caras llenas de amor y una luz del azul más puro, sin edad pero de amplia sonrisa. Aún puedo verla sonreír. Yo ocupaba el lugar que antes fue de él y es hoy hijo de la ausencia, y mientras soñaba que te perdía porque alguien, a lo lejos, te pedía con más fuerza de lo que yo lo hacía, a años luz de esta casa que es más tuya que mía, nosotras hablamos de cosas nuevas y viejas, ajenas al dolor y a las penas, ajenas a los tiempos que vinieran. Y allí te fui dejando entre el azul y el rosa de tus muros blandos, entres las flores de tu balcón y tus cristales llenos de sol. Y te guardé para siempre en aquella casa que hoy es ya casa de nadie, llena del silencio que trae consigo la sacudida.

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La pérdida, la sacudida y el silencio

No tinc por, però sí tinc sang

Oigo en los medios de comunicación que Barcelona ha vuelto a la normalidad, y mienten. Salgo de casa cuarenta horas después del atentado y en mi cuerpo se enviste aún el aire de la tragedia. Pero, ¿por qué esta farsa? ¿Por qué este cuchillo del autoengaño que se nos infringe en el estómago?

Hoy, como ayer, cruzo la ciudad en bicicleta y ni siquiera quedan fantasmas en las calles. El silencio se rompe con sirenas lejanas. Sólo los turistas, una vez llegado al centro, pasean o están sentados, callados, en alguna terraza. Los Mossos, unos tras otro, me miran al pasar. En Barcelona, hoy hay más silencio del que quisieran nuestros cuerpos.

Así que no. No hemos vuelto a la normalidad como se empeñan en imponernos. Y no lo hemos hecho por la simple razón de que, tal vez, aún queda en nosotros un atisbo de humanidad. Porque aún no hemos reunido las fuerzas para esbozar sonrisas, ni la música, por muy alta que suene desde los comercios, nos calma el dolor. Porque no podemos fingir que necesitamos un tiempo de duelo, y ese tiempo y ese duelo ha sido ignorado vergonzosamente desde el Ayuntamiento de la ciudad.

Ayer, dieciocho horas después de la tragedia en la Rambla, volví a trabajar, y lo hice con un nudo en las entrañas, no de miedo sino de horror, sintiendo ese mismo nudo en cada persona con la que me cruzaba. Y con sinceridad niego que me afecte volver al centro, pasear de nuevo entre la multitud, coger un tren en hora punta o disfrutar de un café al aire libre; porque tengo la certeza de que nadie podrá quitarnos la sensación de libertad, el disfrute de la propia vida y de la ciudad. Nadie podrá hacer que cambiemos nuestros hábitos, que nos encerremos en casa, dejemos de volar o de viajar a todos lugares que deseamos visitar. Nadie podrá cambiarnos la vida por el miedo. Pero sí necesitamos el luto, la gestión del dolor, y aquellos que dicen ser los buenos nos lo han robado.

Éstos son días para salir a la calle y gritar que jamás podrán silenciarnos, que somos muchos más quienes hacemos la paz que quienes promueven la guerra. Exhalar a viva voz la tristeza, convencidos de que nos merecemos algo mucho mejor y somos capaces de ganar esta batalla, de crear un mundo sin fronteras, sin marginación, sin desigualdad, ni fruncir de ceños entre culturas, razas, creencias u orientación sexual; un espacio infinito de igualdad y humanidad, un hogar libre para todos.

Así que no, ni ayer ni hoy eran el día para abrir de nuevo las tiendas, salir a comprar y a pasear como si nada de esto hubiera pasado. Porque ha pasado, lo hemos visto, hemos vivido ese terrorífico instante y aún lo llevamos en la sangre. Se respira en el mutismo de los cuerpos que es el día más triste y hasta el cielo llora y sabe que tan sólo es el momento de convertir el dolor en lucha, de unirnos, de conquistar lo que todos quieren robarnos: nuestro derecho a ser humanos.  Y es que no tinc por, però sí tinc sang.

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No tinc por, però sí tinc sang

Ríos bajo catedrales

Cazorla recibe al viajero que quiere perderse en la sierra, con sus casas blancas sobre un espeso fondo verde. Aparece serena tras la curva, en contraste con sus viejas fortalezas, coronada por el Castillo de la Yedra, imaginamos desde abajo la escalada.

Es media tarde y las calles comienzan a encenderse, aquí en el sur la vida vuelve cuando el sol inicia su descenso. El calor se mezcla con el aire de la sierra, con el transitar del agua bajo nosotros, con viejas conversaciones de zaguanes y casinos. Paseando por sus calles llegamos hasta el balcón de Zabaleta desde donde no podemos ignorar las ganas de inmortalizar este encuadre, un cuadro, una viva estampa de belleza al que recientemente han añadido una escultura que nos recuerda, estamos en la ciudad hospitalaria del blues. Aun con todo, este rincón es incapaz de perder su magia.

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Continuamos hasta las ruinas de la iglesia de Santa María, un proyecto del siglo XVI en manos del gran Andrés de Vandelvira y que por un cúmulo de desgraciadas desdichas jamás llegó a terminarse. Las historias sobre su construcción y destrucción son mágicas. Se trata de una joya levantada en el canal del río Cerezuelo, sobre una magnífica bóveda por la que bien merece la pena un paseo. Cuentan que hacia el 1694 hubo una gran diluvio en la zona y los vecinos fueron a refugiarse al santo templo. Sólo algunos no llegaron a tiempo y hubieron de huir más arriba, hacia la montaña. Tal fue la intensidad de la lluvia, que el pequeño afluente del Guadalquivir se desbordó arrastrando todo a su paso, pero al llegar a la bóveda de la iglesia quedó taponado y su cauce fue ganando altura hasta rebasarla, llevándose consigo todo y a todos. Incendios y guerras posteriores influenciaron en que este lugar sea hoy una pequeña gran obra inacabada, de parada obligatoria para quien pase por la zona.

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Ríos bajo catedrales

Quesada verde y blanca

Como un espejismo, bajo este sol de justicia que ni siquiera aquí en la sierra nos da una tregua, serpentea la carretera que nos lleva a Tíscar. Trato de ignorar el precipicio sobre el que rodamos, perdiendo la vista entre los olivares que invaden las montañas, imaginando su gran cruzada contra pinos y matorrales. Me pregunto cómo consiguen sobrevivir al calor de este pequeño infierno al sur de España.

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Estamos en la sierra de Cazorla, a 1.189 metros sobre el nivel del mar, y aún aquí las chincharras alzan su gruñido con una fuerza atroz. Detenemos el coche para continuar a pie por la carretera hasta encontrar la Cueva del Agua, una de las primeras grutas naturales conocidas en España. Es un enorme cuadro de la Virgen de Tíscar quienes nos indica la entrada hacia un estrecho túnel de 10 metros de longitud,  por un escaso metro de altura. Lo atravesamos acompañados de una acequia de agua clara y cristalina que nos da la bienvenida.

A veces resulta sorprendente cómo la propia naturaleza, con tesón, da lugar a formas tan perfectamente surrealistas y maravillosas. Nos deslizamos entre las estrechas piedras que ha moldeado el agua, hoy casi inexistente, pero imaginando su poderío de otras épocas, de otro tiempo de lluvias. Aún así, nos sentimos parte de una gran obra de arte creada por la persistencia del agua recién nacida de la sierra.

Salimos de aquí para avanzar sobre la montaña hasta llegar al santuario de Nuestra Señora de Tíscar, patrona de Quesada y la serranía de Cazorla. La pequeña ermita parece creada con un puñado de paciencia humana, piedra a piedra, meticulosamente, desde la primera línea del suelo hasta el humilde techo que nos ampara. Una obra maestra de sencillez que dignifica la mentalidad tranquila, lenta y ensayada de estos pueblos sureños.

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Frente al santuario, un viejo pilar sostiene las palabras del poeta Antonio Machado, desde su pluma a la eternidad. Sobre él, elaire ahora es fresco y eriza la piel.

Descendemos los 13 kilómetros que nos han traído hasta aquí y hacemos parada en Quesada, buscando refugio en el museo de Rafael Zabaleta y Miguel Hernández, ambos unidos por su conexión con esta tierra. El primero natural de aquí, el segundo casado con la quesadeña Josefina Manresa.

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Entre colores vivos y poesía para el pueblo, nos sorprende el mediodía. Merece la pena entrar aquí, disfrutar con la obra de Zabaleta, su geometría y sus colores; su maravillosa visión de la vida rural, del pueblo y sus campesinos, lleno todo de viveza, de fiesta, de amor por la vida y la tierra. Un positivismo extraño de la pobreza.

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Él área de Miguel Hernández nos lleva al margen contrario: al pueblo desairado y luchador, al horror de la injusticia y la guerra, pero a la fe que siempre nace del amor a pesar de los más desgraciados contextos.

Hoy, Quesada es un lugar que continúa conservando aquel nostálgico modo de ser rural y lento. Sus calles llenas de flores, reflejan la hermandad de sus gentes y la inocente serenidad de su vida aquí. La cal contrasta con el verde que se descuelga de los maceteros. Resulta chocante tan viva naturaleza bajo estas temperaturas tan extremas de primera hora de la tarde. Las calles se precipitan sobre el monte en un zigzagueante y estrecho mapa de subidas y bajadas. Sin embargo, apenas se escuchan jóvenes en un lugar donde las almas parecen hacerse eternas.

Quesada, puerta de la viva sierra y cuna blanca del Guadalquivir.

 

 

 

 

 

 

Quesada verde y blanca