No tinc por, però sí tinc sang

Oigo en los medios de comunicación que Barcelona ha vuelto a la normalidad, y mienten. Salgo de casa cuarenta horas después del atentado y en mi cuerpo se enviste aún el aire de la tragedia. Pero, ¿por qué esta farsa? ¿Por qué este cuchillo del autoengaño que se nos infringe en el estómago?

Hoy, como ayer, cruzo la ciudad en bicicleta y ni siquiera quedan fantasmas en las calles. El silencio se rompe con sirenas lejanas. Sólo los turistas, una vez llegado al centro, pasean o están sentados, callados, en alguna terraza. Los Mossos, unos tras otro, me miran al pasar. En Barcelona, hoy hay más silencio del que quisieran nuestros cuerpos.

Así que no. No hemos vuelto a la normalidad como se empeñan en imponernos. Y no lo hemos hecho por la simple razón de que, tal vez, aún queda en nosotros un atisbo de humanidad. Porque aún no hemos reunido las fuerzas para esbozar sonrisas, ni la música, por muy alta que suene desde los comercios, nos calma el dolor. Porque no podemos fingir que necesitamos un tiempo de duelo, y ese tiempo y ese duelo ha sido ignorado vergonzosamente desde el Ayuntamiento de la ciudad.

Ayer, dieciocho horas después de la tragedia en la Rambla, volví a trabajar, y lo hice con un nudo en las entrañas, no de miedo sino de horror, sintiendo ese mismo nudo en cada persona con la que me cruzaba. Y con sinceridad niego que me afecte volver al centro, pasear de nuevo entre la multitud, coger un tren en hora punta o disfrutar de un café al aire libre; porque tengo la certeza de que nadie podrá quitarnos la sensación de libertad, el disfrute de la propia vida y de la ciudad. Nadie podrá hacer que cambiemos nuestros hábitos, que nos encerremos en casa, dejemos de volar o de viajar a todos lugares que deseamos visitar. Nadie podrá cambiarnos la vida por el miedo. Pero sí necesitamos el luto, la gestión del dolor, y aquellos que dicen ser los buenos nos lo han robado.

Éstos son días para salir a la calle y gritar que jamás podrán silenciarnos, que somos muchos más quienes hacemos la paz que quienes promueven la guerra. Exhalar a viva voz la tristeza, convencidos de que nos merecemos algo mucho mejor y somos capaces de ganar esta batalla, de crear un mundo sin fronteras, sin marginación, sin desigualdad, ni fruncir de ceños entre culturas, razas, creencias u orientación sexual; un espacio infinito de igualdad y humanidad, un hogar libre para todos.

Así que no, ni ayer ni hoy eran el día para abrir de nuevo las tiendas, salir a comprar y a pasear como si nada de esto hubiera pasado. Porque ha pasado, lo hemos visto, hemos vivido ese terrorífico instante y aún lo llevamos en la sangre. Se respira en el mutismo de los cuerpos que es el día más triste y hasta el cielo llora y sabe que tan sólo es el momento de convertir el dolor en lucha, de unirnos, de conquistar lo que todos quieren robarnos: nuestro derecho a ser humanos.  Y es que no tinc por, però sí tinc sang.

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No tinc por, però sí tinc sang

La sinfonia de Laribal

El sol calienta el aire de la ciudad de a poco, alargando con delicadeza sus rayos. Ofreciéndose, las flores abren los postigos de su escondite invernal llamando a la abejas al baile del cortejo. Los árboles cobijan con su sombra al hombre enamorado y a la mujer esponja. Los pájaros zigzaguean bajo la cúpula azul del cenit y picotean los pequeños frutos entre canción y canción. Toda la naturaleza en una perfecta armonía se entrega al nuevo día, a la nueva estación.

Nosotros paseamos insaciables de descubrimientos cotidianos hasta encontrar el viejo teatro del Grec, con sus grises escalones abierto al mundo, acogiendo las voces, proyectando los ecos. ¿Qué hay más satisfactorio que el arte público, sin prisiones de paredes y techos? El arte bajo la bóveda celeste.

También los jardines son una artesanía floral, un juego de aromas y colores, una sinfonía de imágenes hermosas y aleteo de mariposas. Por ellos nos perdemos mientras los niños tratan de escalar hasta la última rama de un viejo abeto y la más pequeña interrumpe la paz de la fuente con sus chapoteos.

Los jardines de Laribal son inclinaciones verdes y ocres, cal mohosa y un fluir de agua fresca. Los descubrimos por causalidad una noche, oscuros y callados, para volver a ellos este día rebosante de sonidos, de sol y sombra. Subimos por su empinada escalinata del «Generalife» de tres pausas y tres besos, de tres macetones custodios del concierto de la plata.

El mundo se nos descubre como una alfombra de flores, como una corona de malvas, un estanque de nenúfares y carpas, la savia bruta del olivo rompiendo taciturno la piedra. La vida toda en los jardines sinestésicos de la escondida Barcelona.

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La sinfonia de Laribal

Se aproxima tormenta

El cielo descargaba con furia sobre Barcelona y aún así, nos atrevimos a cruzar los pequeños ríos de sus calles. Era una noche muy poco apetecible a la que sólo le hubiésemos pedido algo de calor. Pero obstinados, avanzamos por la inhóspita ciudad contra el viento y la lluvia para secar los cuerpos sobre las llamas del blues. Hacía más de un año de nuestra última cita con los de Úbeda y aunque el mundo hubiese estado acabando, no habríamos faltado.

Llegamos con los pies mojados mientras sobre el escenario del Let’s Festival se movían Los Vinagres, cuyo atuendo tropical rechinaba en una noche tan invernal. Los escuchamos, más hablar que cantar, en un quiero y no puedo de sonidos prometedores perdidos en el postureo. Tal vez les quede algún tiempo para madurar, ¿qué podemos decir nosotros si no somos críticos? Si sólo somos dos locos que se paran a escuchar.

Tomamos posiciones con la luz y tras la penumbra aparecieron Guadalupe Plata. Silencio. Guitarra, bajo, sonaja de cencerros y la voz endiablada de Pedro de Dios. «Se aproxima tormenta» fue su grito profético. La odisea ya había merecido la pena. Quizás lo grandioso se consiga desde lo más sencillo, porque ellos tocan casi sin esfuerzo, en un baile de movimientos exactos y naturales, con precisión y temple, tejiendo con su música el alma como un cirujano teje la carne. Desde lo más profundo, desde otro mundo quizás, surgen sonidos que se elevan y se hacen música para las estrellas, para el cosmos y para ti, que estás allí, pequeño e insignificante, ingrávido y cálido. Ya no hay partes de nuestro cuerpo que nos molesten. Sólo nos quedan aullidos.

He perdido la cuenta de las veces que he visto a Guadalupe Plata en directo. En Granada, Jaén, Úbeda, Barcelona… Y en cada ocasión he descubierto algo nuevo. Cada acorde es un punto energético, cada canción se crea y se destruye in situ, cada cita es un viaje al que no me cansaré de alistarme. Porque la verdadera capacidad de la buena música y el arte es el don de emocionar y elevarnos a nuevos estados sobre los que transitar.

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Se aproxima tormenta

Love Born

Nos cruzamos con tanta gente a lo largo del día, caras anónimas que van y vienen. Y gracias a las nuevas tecnologías nos cruzamos con muchas más por los mares de Internet, rostros lejanos que se nos hacen familiares, conocidos silenciosos, pequeños amigos imaginarios.

Así conocimos a Joy. Gracias a Instagram comenzamos a seguir su trabajo, fotografías de amor de personas, lugares y cosas, con un aire de anhelo costumbrista que nos conquistó. Y gracias a él conocimos Sttilophoto y desde ahí a Juanlu. Hasta que un día, toda esa atmósfera de conocidos remotos difuminó su distancia para emprender un pequeño viaje entre las calles viejas del Borne. Todo un placer.

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Love Born

Noche de luz

Con motivo de las fiestas de santa Eulalia, Barcelona ha celebrado sus noches de arte y luz. Y nosotros no nos lo quisimos perder.

Un año más, la ciudad se vuelve un poco más oscura para crear recorridos mágicos con pequeñas estructuras lumínicas. Sábanas, neones, leds y música para despertar a los sentidos, se descolgaban de patios y jardines para hacernos volver a las sombras del gótico, a la realidad de los edificio más emblemáticos; trasladándonos a un lugar imaginario, inexistente en los atlas, propio del sueño.

El frío acompañaba a la melancolía del recorrido. Las calles oscuras y viejas nos iban arropando en la distancia que separba a cada punto del mapa. La parada oficial era en la plaça sant Jaume donde se proyectaba un divertido vídeo mapping elaborado por Playmodes Studio: «Colorama», unas partículas de colores que se adueñan del palacio de la Generalitat.

Una aventura para explorar la noche condal de una forma única.

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Fotografías: dos poetas malditos, 2017. ©

Noche de luz

Acercamiento a Renoir

Me abruma a veces la nostalgia por aquella enciclopedia que de niña consultaba. Hoy todo parece más sencillo y distante, con sólo teclear un nombre en el buscador, se despliega ante nosotros todo un mundo de información (y ojo, también de desinformación). Ahora pienso en cómo habría descubierto a Renoir de aquella forma. En una tarde de luz clara que ilumina el salón por sus tres ventanales enrejados, me habría acercado hasta el mueble, hubiese apoyado mi infantil barbilla en la vieja madera y buscando con la mirada el tomo perteneciente a la letra r. Pero me quedan demasiado lejos las hojas manidas y alfabéticamente ordenadas. Me quedan lejos en el tiempo y las circunstancias. Hoy estoy más cerca del mismísimo Renoir que de su propia definición.

Hundo mi mente, a través de las pupilas, en los cuadros que la Fundación Mapfre exhibe en el palacete de la calle Diputació. Un recorrido por sus obras más femeninas, por el delicado universo del autor y la mujer retratada, por el genio del impresionismo y sus musas.

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Andrea Diligenti (2016)

Tomo algunas notas en mi libreta: «búsqueda de la feminidad a través de lo cotidiano», «mujer culta, soñadora, mórbida, vital, sublime». Me detengo frente a cada cuadro para descubrir de qué manera la mujer se convierte en un objeto más de la naturaleza, en un claro de luz y en el color mismo de la hierba. El impresionismo yéndose de excursión al campo, entre unas flores ilusorias que se crean nítidas y perfectas en mi cabeza. La representación de los pequeños placeres, de la felicidad misma palpándose en la esencia de la imagen. Podría cortar el aire de jovialidad y el sentido escénico del «Ball du Moulin de la Galette». La vida misma representándose en miles de colores. Las formas, la piel rosada, los ojos cristalinos, el destello de una mirada.

Y así, sin enciclopedias ni pantallas de por medio, imagino a Renoir con sus pinceles frente al mundo, frente a un lienzo aún en blanco. Le imagino imaginando lo que podría imaginar yo frente a sus cuadros, desconocida del futuro queriéndose acercar a su idílico pasado.

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Andrea Diligenti (2016)
Acercamiento a Renoir

Allah-Las. Lunes. Barcelona.

Quisiera tener unos zapatos de baile sólo por crear la posibilidad de llevarlos alguna vez al zapatero y cambiarles unas suelas desgastadas de tanta felicidad. ¿Por qué bailamos cuando estamos contentos?

La noche comienza temprano con una sala oscura, apenas las primeras filas de personas personas dispersas y otras cuantas en la barra del bar. Buscamos un hueco. Suena una música desordenada en la que apenas pueden distinguirse los instrumentos, que nos da la razón de que el ruido jamás pudo ser armónico. Nuevas coincidencias. Alguien canta en francés y siento no poder decir si su acento es o no perfecto. Las luces de colores se mueven intermitentemente cortando la oscuridad y esa neblina ensoñadora que me transporta a todas las salas de conciertos que pisamos antes con la asiduidad de la horas jóvenes. Algunos años se me caen al suelo.

Allah-Las salen al escenario, algo desaliñados, como buscándose los unos a los otros. -¡Oh, bien! Estamos todos aquí.- Nosotros buscamos la posición perfecta, cerveza en mano. Ahora la sala se llena con exactitud, con el espacio suficiente para que bailemos despreocupados olvidándonos del extraño que tenemos al lado. A nuestra espalda venden vinilos, discos y cintas de cassette. ¿Debería recuperar mi walkman? La música viaja y trae el calor californiano de sol y playa hasta la Barcelona fría y oscura del otoño. Las ropas comienzan a sobrarnos. Las canciones se suceden sin descanso y el reloj se afana en su carrera. Hemos olvidado todas las conversaciones que dejamos en la puerta, las ideas dando vueltas en nuestras cabezas, las tareas pendiente y la luna excepcional. Nuestros pies se mueven con descuidada torpeza, tratando de ocupar siempre el metro cuadro que nos sostiene, el cuerpo se balancea, la mente viaja a los confines del pensamiento en cal.

Bailemos. Por todos los días de inmovilidad. Por las noches demasiado iluminadas. Por las copas vacías. Las mente llenas. Los zapatos a estrenar. Bailemos por el simple hecho de bailar, porque en nuestras suelas se esconde la felicidad. Bailemos por hacer de un lunes un sábado más.

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Sara Deluis (2016).
Allah-Las. Lunes. Barcelona.