Primer inventario caótico

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Sara Deluis, 2016.

Escribir es una mierda. Cuando alguien te dice «escribe» o «tienes que escribir», me pregunto si realmente saben lo difícil que resulta. Yo no sé nada acerca de gente que escribe, pero un poco conozco a la luciérnaga que lo hace dentro de mí y ella me ha enseñado que escribir es un auténtico exorcismo, algo así como un parto metafísico. Yo no puedo decidir si escribo o no, o de qué forma hacerlo, o de qué cosa hablar. Tan sólo me dedico a transcribir aquello que mi luciérnaga interior me dicta. Y sé muy bien que esto pasa así porque a veces, pasado un tiempo, al releer mis textos ni siquiera tengo la sensación haberlos escrito yo, ni reconozco en ellos parte de mi pensamiento o de mi vocabulario. Estoy bajo las órdenes de esa pequeña luz, por lo que no es nada sencillo (ni jamás me permitiría la osadía) de querer hacerlo por cuenta propia. Incluso cuando juntas pensamos en escribir acerca de algo, ella va apoderándose de la idea y acaba dándome un giro inesperado. Por eso NADA DE LO QUE ESCRIBO, ni mucho menos ahora, DEPENDE DE MI SÓLA PERSONA.

A veces quiero plantarle cara, obligarle a salir de su escondrijo durante mis horas muertas, así que me esmero en utilizar esos recursos que dicen usan los escritores de verdad: los inventarios caóticos. Hoy he elaborado una doble lista con las cosas que me gustan y las que no. Diré que tampoco ha sido sencillo pero a través de ellas he conseguido, de algún modo, despertar su afán narrativo. He aquí el resultado:

Cosas que me gustan:

  1. El sol de media tarde los días de invierno.
  2. Recordar el tacto de las manos de mi madre al abrazarme por detrás cuando no podía dormir.
  3. El chocolate negro.
  4. Las canciones que me trasladan a otro tiempo.
  5. Imaginar que soy la protagonista de una película de la Nouvelle Vague.
  6. La noche de Reyes.
  7. Las personas que sonríen al mirar.
  8. Perderme entre la naturaleza. y escuchar los sonidos del bosque.
  9. Los pequeños detalles.
  10. El eyeline de los 60.
  11. Las habitaciones llenas de libros.
  12. Las sábanas de pelito y la calefacción a tope en invierno.
  13. Las hojas secas que se caen en otoño.
  14. Las carcajadas contagiosas de mi hermana.
  15. Los calendarios.
  16. La sensación que produce estar ante algo verdaderamente hermoso.
  17. Los ojos de amor de Andrea.
  18. Bucear.
  19. Los helados.
  20. Descubrir lugares mágicos.

Cosas que no me gustan:

  1. Los aviones cuando estoy yo dentro de uno.
  2. Los abismos desde arriba.
  3. Ir al médico y pensar que puede descubrirme una terrible enfermedad.
  4. Pensar en la sensación de estar embaraza y tener algo dentro que más tarde me desgarrará.
  5. La gente maleducada que quiere sentirse por encima del resto (incluye personas mayores).
  6. Las mentiras, ni quienes las dicen, ni pensar en que tener que hacerlo.
  7. Los leggins.
  8. Pensar en las venas de mi cuerpo.
  9. Respirar el humo del tabaco.
  10. Que los conductores piten con desesperación cuando están en un atasco.
  11. La fruta.
  12. La televisión como arma de (des)educación.
  13. La gente que sube al tren sin esperar que quien está dentro baje.
  14. Los 80 como época en general, aunque yo naciera en ella….
  15. La falta de interés o de ansias por aprender.
  16. Las injusticias cotidianas.
  17. Tener los pies fríos.
  18. No poder pasear en bicicleta porque alguien decidió llevarse las nuestra.
  19. Sentir angustia o miedo.
  20. El desorden.
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Primer inventario caótico

Qué es el arte

Una vez un profesor preguntó: «¿qué es la literatura?», y desde aquel lejano punto tiendo a repetirla según sea el caso: qué es la música, qué es la poesía o qué ser una hija. Cada cual, como con todo, tiene su propia definición; para mí, por ejemplo, la literatura es la historia común real e imaginada de la Humanidad. Y ahí queda, para bien o para mal del resto que puede o no estar de acuerdo, pero tolera mi afirmación porque es tan mía como mis ojos y mi huella dactilar.

Sin embargo, todo se complica cuando se habla del arte. ¿Qué es el arte? Porque tal vez sea el atardecer que ahora se desdibuja tras el cristal o la forma que tienes de mirar tu reloj de pulsera. Pero la realidad es que el arte no es arte si no produce emoción y, ojo, porque vivimos en un mundo de emociones disfrazadas, de etiquetas confusas y espejismos.

Ayer en un museo, un guía comentaba en alta voz que nadie va al cine y dice de la película «esto no es cine», ni tras escuchar una canción sentencia «esto no es música», y quizás ése sea el problema, que nos hemos olvidado de filtrar el verdadero sentido del arte para sustituirlo por un continuo bombardeo de imágenes etiquetadas, de valor confuso. Claro que hay cosas a las que llaman música y no lo son, y existe un cine que se ha olvidado del cine, del ilusionismo mágico de donde nació, hasta la literatura se ha convertido en un pan y circo para cerebros nonatos. Porque el buen criterio también es cuestión de educación y ese tema nos preocupa hoy bastante poco.

Sin embargo, aunque bailemos éxitos caducos y llenemos las salas de lerdas comedias vacías de argumento y sin ningún propósito estético. Pese a ello, todos en algún momento nos hemos emocionado al escuchar una melodía certera; se nos ha erizado la piel con una escena, con una historia; o los ojos se nos han llenado de lágrimas ante un cuadro pendiendo de la pared, ante un color, una forma, una mirada, un trazo, una palabra.

Porque cuando estás rodeado por tres enormes lienzos, cruzados por una simple línea rompiéndolos como una grieta, como una herida incapaz de sangrar, y entiendas la angustia, la emoción del poeta, su dolor, su ira, su marginación. Cuando sientas su puñal clavado en tu costado y el vuelo eterno de la efímera belleza, entonces sabrás que has encontrado el verdadero arte que todos andan buscando. Y es que el arte es una forma de estar en el mundo, de empaparse.

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Qué es el arte