Cuando una flor nace

He vivido intensamente los último dos años. Feliz, como dejándome atropellar por la vida en una cadena de acontecimientos fantásticos. Curando los pocos días malos con saliva de fe puesta en las pequeñas cosas. Pero ahora hago un alto en el camino, una paradita desde donde atisbar el horizonte que se extiende a ambos lados. Me siento ligera de prisas, queriendo saborear la lentitud del «todo llega», nostálgica de haber alcanzado cimas inimaginables, abierta en poros para nutrirme de lo que vendrá. Así que, en cierto modo, he dejado de hacer planes para sorprenderme con la luz de cada nuevo día. Y he obtenido tanto (aunque sea maleducado confesarlo) con tan poco esfuerzo que sólo quiero inventarme nuevas ilusiones para poner todas mis ganas sobre ellas.

Conozco bien qué me define, mis límites, mis dones, mis fuerzas. Soy realista al querer enterrar bajo la tierra la palabra «resultado». Porque sólo sé ser feliz con lo más ingrávido que engrandece el alma. Así, queriendo hacer caso a mis palpitaciones, me aventuro temeraria a dedicar las nonatas horas a aquello que no tiene palabra y eleva el espíritu por encima de las nubes, los planetas, la infinitud del cosmos.

Mi vida entre flores y letras. Y quiero poner toda mi buena intención en compartir estas pequeñas cosas que amo en un espacio ficticio que bauticé: Ohh mama Flora! Pero mira que, como la vida, esto es tan sólo un laboratorio, cualquier semejanza con la realidad, quizás sea producto de tu imaginación.

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Cuando una flor nace

La belleza vive en los patios de Viana

La lluvia nos amenaza desde su privilegiada altura. Del cielo se descuelga un pequeño tornado que nos frena pero no nos detiene. Cuando llegamos a Córdoba, el día recobra su alegría de primavera. Ya hay cruces que engalanan las plazuelas, hay rumor de sevillana y olor a flor temprana.

Caminamos por las calles empedradas que proyectan en nuestro camino la luz de sus fachadas encaladas. Algún niño llega tarde a la escuela. Algún señor riega sus plantas mientras la vida le pasa por debajo del ventanal. El Palacio de Viana abre su pórtico a mayo y por él se cuelan nuestras almas.

Una casa de cinco siglos y doce patios que se levanta en el silencioso barrio cordobés de Santa Marina. Un recorrido por estancias sin tejados que el cielo invade con su esplendor azul o, como hoy, con la gris melancolía de su llanto para saciar la sed de revoltosas flores.

El patio de recibo, patio de los gatos, patio de los naranjos, patio de las rejas, patio de la madama, patio de la alberca, patio del pozo, patio del archivo, el jardín, el patio de los jardineros, patio de la capilla y patio de la cancela. La belleza del color convertida en oxígeno nuevo que entra en el cuerpo y lo remueve. El colmo del mismo Stendhal, donde flores y poesía bailan fusionando su huella dactilar.

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La belleza vive en los patios de Viana