Frigiliana, el pueblo que atrapa entre silencios

Avanzamos por la carretera persiguiendo la estela del sol, de un lado la costa, del otro la montaña. Corono la pendiente un conjunto de casas que más bien parecen una cascada blanca queriéndose precipitar sobre el lejano mar. Frigiliana se resiste a extinguirse con la última luz de la tarde, haciéndose viva luciérnaga de la sierra malagueña.

Paseamos por las calles que, a esta hora, ya han abandonado los turistas cuando el tímido aire de la noche trae consigo un rumor de voces roncas y una sinfonía de abanicos. Se abren las puertas, se suben las persianas, se arrastran sillas sobre la acera. Zigzagueamos subidas y bajadas de piedra, mientras las flores prosiguen su silenciosa lucha con la cal, los gatos nos salen al paso y los perros nos miran perezosos.  Huele a verde y a sal, a jazmín y a pan casero. Frigiliana es un pueblo de contrastes, de ostentosos alemanes e ingleses siempre fieles al lino, que pasean como quien paga la entrada a un museo, entre señoras de combinación y misa, jubilados de casino y niños con pelota bajo el brazo. Y hacen ruido y piden lo que dejaron atrás (allá en sus países): su lengua, sus costumbres, sus horarios… Admirando desde la lejanía lo que les es extraño.

Pero hay quien aún sabe escuchar y entonces descubre el canto de la acequia, que lo deja preso para siempre de esta tierra. Porque Frigiliana es una pequeña joya para artistas. Aquí transcurre la profunda vida popular andaluza, con su alegre belleza de luz, su paso calmado y puro, su abrir de brazos de par en par. Tal vez por eso se quedó Klaus que, desde sus estudio, nos descubre lugares mágicos, nos habla del contraste de las que ya son sus dos tierras y no podemos evitar la tentación de quedarnos nosotros también con un pedacito de él. Y es que hay lugares que, junto a sus gente o tal vez por ellas, irradian una energía que te eleva por encima de todos los mares y montañas, que te roba un cacho de corazón y se lo guarda para siempre consigo, a la espera de que algún día vuelvas a reclamar lo allí lo perdido.

 

 

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Frigiliana, el pueblo que atrapa entre silencios

Duane Michals: un paraguas para el alma

Amanece gris en el día de mi cumpleaños, el aire es demasiado fresco para esta mañana de agosto. Llueve, es un bonito regalo. Desayuno en soledad disfrutando del acontecimiento tras el ventanal. En seguida llegan las sorpresas, las risas y los abrazos, y tras ellos, las ganas locas de salir a la calle, de disfrutar de este día tan melancólico y feliz.

Aún llueve cuando tomamos el autobús que cruza la Gran Vía. De camino, por el parque, los periquitos juguetones se bañan en los charcos. Nos resguardamos bajo nuestro único paraguas. Subimos por la Rambla y tomamos la primera calle a la izquierda. A pocos metros, buscamos refugio en la Casa Garriga i Nogués, sede en Barcelona de la Fundación Mapfre, y en unos minutos estamos al calor de las fotografías de Duane Michals.

La muestra recoge un ejemplo de su obra, o de su vida, que viene a ser lo mismo. Michals, trató siempre de buscar historias detrás de la fotografía, de sugerir un mundo metafísico mucho más que de buscar la realidad plasmándola en sales. Fiel seguidor de pintores como De Chirico, creó secuencias como pequeños relatos a los que a veces acompañaba de texto, construyendo nuevos mundos como tímidas habitaciones del ser. Y ante ellas nos encontrábamos nosotros, sintiendo cómo el objetivo había atravesado la carne y el alma, sintiendo fascinación por el modo de hacer poesía con el simple movimiento de un dedo. Atrapados, heridos, cómplices.

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Duane Michals: un paraguas para el alma

Ríos bajo catedrales

Cazorla recibe al viajero que quiere perderse en la sierra, con sus casas blancas sobre un espeso fondo verde. Aparece serena tras la curva, en contraste con sus viejas fortalezas, coronada por el Castillo de la Yedra, imaginamos desde abajo la escalada.

Es media tarde y las calles comienzan a encenderse, aquí en el sur la vida vuelve cuando el sol inicia su descenso. El calor se mezcla con el aire de la sierra, con el transitar del agua bajo nosotros, con viejas conversaciones de zaguanes y casinos. Paseando por sus calles llegamos hasta el balcón de Zabaleta desde donde no podemos ignorar las ganas de inmortalizar este encuadre, un cuadro, una viva estampa de belleza al que recientemente han añadido una escultura que nos recuerda, estamos en la ciudad hospitalaria del blues. Aun con todo, este rincón es incapaz de perder su magia.

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Continuamos hasta las ruinas de la iglesia de Santa María, un proyecto del siglo XVI en manos del gran Andrés de Vandelvira y que por un cúmulo de desgraciadas desdichas jamás llegó a terminarse. Las historias sobre su construcción y destrucción son mágicas. Se trata de una joya levantada en el canal del río Cerezuelo, sobre una magnífica bóveda por la que bien merece la pena un paseo. Cuentan que hacia el 1694 hubo una gran diluvio en la zona y los vecinos fueron a refugiarse al santo templo. Sólo algunos no llegaron a tiempo y hubieron de huir más arriba, hacia la montaña. Tal fue la intensidad de la lluvia, que el pequeño afluente del Guadalquivir se desbordó arrastrando todo a su paso, pero al llegar a la bóveda de la iglesia quedó taponado y su cauce fue ganando altura hasta rebasarla, llevándose consigo todo y a todos. Incendios y guerras posteriores influenciaron en que este lugar sea hoy una pequeña gran obra inacabada, de parada obligatoria para quien pase por la zona.

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Ríos bajo catedrales

Quesada verde y blanca

Como un espejismo, bajo este sol de justicia que ni siquiera aquí en la sierra nos da una tregua, serpentea la carretera que nos lleva a Tíscar. Trato de ignorar el precipicio sobre el que rodamos, perdiendo la vista entre los olivares que invaden las montañas, imaginando su gran cruzada contra pinos y matorrales. Me pregunto cómo consiguen sobrevivir al calor de este pequeño infierno al sur de España.

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Estamos en la sierra de Cazorla, a 1.189 metros sobre el nivel del mar, y aún aquí las chincharras alzan su gruñido con una fuerza atroz. Detenemos el coche para continuar a pie por la carretera hasta encontrar la Cueva del Agua, una de las primeras grutas naturales conocidas en España. Es un enorme cuadro de la Virgen de Tíscar quienes nos indica la entrada hacia un estrecho túnel de 10 metros de longitud,  por un escaso metro de altura. Lo atravesamos acompañados de una acequia de agua clara y cristalina que nos da la bienvenida.

A veces resulta sorprendente cómo la propia naturaleza, con tesón, da lugar a formas tan perfectamente surrealistas y maravillosas. Nos deslizamos entre las estrechas piedras que ha moldeado el agua, hoy casi inexistente, pero imaginando su poderío de otras épocas, de otro tiempo de lluvias. Aún así, nos sentimos parte de una gran obra de arte creada por la persistencia del agua recién nacida de la sierra.

Salimos de aquí para avanzar sobre la montaña hasta llegar al santuario de Nuestra Señora de Tíscar, patrona de Quesada y la serranía de Cazorla. La pequeña ermita parece creada con un puñado de paciencia humana, piedra a piedra, meticulosamente, desde la primera línea del suelo hasta el humilde techo que nos ampara. Una obra maestra de sencillez que dignifica la mentalidad tranquila, lenta y ensayada de estos pueblos sureños.

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Frente al santuario, un viejo pilar sostiene las palabras del poeta Antonio Machado, desde su pluma a la eternidad. Sobre él, elaire ahora es fresco y eriza la piel.

Descendemos los 13 kilómetros que nos han traído hasta aquí y hacemos parada en Quesada, buscando refugio en el museo de Rafael Zabaleta y Miguel Hernández, ambos unidos por su conexión con esta tierra. El primero natural de aquí, el segundo casado con la quesadeña Josefina Manresa.

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Entre colores vivos y poesía para el pueblo, nos sorprende el mediodía. Merece la pena entrar aquí, disfrutar con la obra de Zabaleta, su geometría y sus colores; su maravillosa visión de la vida rural, del pueblo y sus campesinos, lleno todo de viveza, de fiesta, de amor por la vida y la tierra. Un positivismo extraño de la pobreza.

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Él área de Miguel Hernández nos lleva al margen contrario: al pueblo desairado y luchador, al horror de la injusticia y la guerra, pero a la fe que siempre nace del amor a pesar de los más desgraciados contextos.

Hoy, Quesada es un lugar que continúa conservando aquel nostálgico modo de ser rural y lento. Sus calles llenas de flores, reflejan la hermandad de sus gentes y la inocente serenidad de su vida aquí. La cal contrasta con el verde que se descuelga de los maceteros. Resulta chocante tan viva naturaleza bajo estas temperaturas tan extremas de primera hora de la tarde. Las calles se precipitan sobre el monte en un zigzagueante y estrecho mapa de subidas y bajadas. Sin embargo, apenas se escuchan jóvenes en un lugar donde las almas parecen hacerse eternas.

Quesada, puerta de la viva sierra y cuna blanca del Guadalquivir.

 

 

 

 

 

 

Quesada verde y blanca

La brecha de las horas

Siempre hay un delicado soplo de aire en los mundos imaginados de mi mente. El lugar hacia donde escapo es un espacio que ya se ha pisado, un instante conquistado en la guerra universal del tiempo siempre apresurado.

Hay una brecha entre las horas fatigosas de la no poesía y la cotidianidad de admirada poética. Entre la vida mecánica del humanoide urbano y la etérea ligereza de las almas libres. Y sobre ella salto como niña sobre una cuerda, de un extremo a otro de la baldosa que se va haciendo más fuerte con cada impacto.

Hay un vuelo sincero y necesario, corredor entre escenarios.

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La brecha de las horas

La belleza vive en los patios de Viana

La lluvia nos amenaza desde su privilegiada altura. Del cielo se descuelga un pequeño tornado que nos frena pero no nos detiene. Cuando llegamos a Córdoba, el día recobra su alegría de primavera. Ya hay cruces que engalanan las plazuelas, hay rumor de sevillana y olor a flor temprana.

Caminamos por las calles empedradas que proyectan en nuestro camino la luz de sus fachadas encaladas. Algún niño llega tarde a la escuela. Algún señor riega sus plantas mientras la vida le pasa por debajo del ventanal. El Palacio de Viana abre su pórtico a mayo y por él se cuelan nuestras almas.

Una casa de cinco siglos y doce patios que se levanta en el silencioso barrio cordobés de Santa Marina. Un recorrido por estancias sin tejados que el cielo invade con su esplendor azul o, como hoy, con la gris melancolía de su llanto para saciar la sed de revoltosas flores.

El patio de recibo, patio de los gatos, patio de los naranjos, patio de las rejas, patio de la madama, patio de la alberca, patio del pozo, patio del archivo, el jardín, el patio de los jardineros, patio de la capilla y patio de la cancela. La belleza del color convertida en oxígeno nuevo que entra en el cuerpo y lo remueve. El colmo del mismo Stendhal, donde flores y poesía bailan fusionando su huella dactilar.

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La belleza vive en los patios de Viana

Nuestro reino

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«Quedamos con los dos desconocidos frente al Matadero, nos subimos al coche y emprendimos un corto viaje hacia la aventura». Este es el resumen de nuestro primer encuentro con True Romance y tras la experiencia, se lo aconsejamos a niños y mayores.

Después de muchos emails, mensajes instantáneos telefónicos y una videollamada, por fin nos citamos con Pilar y Ale, con destino al precioso lugar donde hacer nuestra «true romance date». La química fue instantánea. Hablamos de Uber, revistas del corazón, las nuevas generaciones de teenagers, la pésima situación cultural y la niña de la curva. Todo eso en el trayecto camino al pantano del Tiemblo donde se les había ocurrido hacernos la sesión.

Desde el principio pensamos en que inspiraríamos las fotografías en la película de Wes Anderson «Moonrise Kingdom». En esa fuga por el campo para explorar acerca de la naturaleza y el amor, en la búsqueda de un lugar donde vivir a salvo y felices, donde bailar a orillas de un lago y observar el vuelo de las aves al atardecer. Porque así es como queremos ser, siempre exploradores enamorados. Y así fue como ellos lo inmortalizaron.

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Nuestro reino