Nuestro reino

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«Quedamos con los dos desconocidos frente al Matadero, nos subimos al coche y emprendimos un corto viaje hacia la aventura». Este es el resumen de nuestro primer encuentro con True Romance y tras la experiencia, se lo aconsejamos a niños y mayores.

Después de muchos emails, mensajes instantáneos telefónicos y una videollamada, por fin nos citamos con Pilar y Ale, con destino al precioso lugar donde hacer nuestra «true romance date». La química fue instantánea. Hablamos de Uber, revistas del corazón, las nuevas generaciones de teenagers, la pésima situación cultural y la niña de la curva. Todo eso en el trayecto camino al pantano del Tiemblo donde se les había ocurrido hacernos la sesión.

Desde el principio pensamos en que inspiraríamos las fotografías en la película de Wes Anderson «Moonrise Kingdom». En esa fuga por el campo para explorar acerca de la naturaleza y el amor, en la búsqueda de un lugar donde vivir a salvo y felices, donde bailar a orillas de un lago y observar el vuelo de las aves al atardecer. Porque así es como queremos ser, siempre exploradores enamorados. Y así fue como ellos lo inmortalizaron.

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Nuestro reino

La retirada

Madrid se despierta entre los puestos de libros y antigüedades que engalanan la subida hasta el Retiro. El sol empieza a calentarnos entre los murmullos de quienes buscan algo especial. Hay postales de la Alhambra del año 67, hay viejas partituras, documentación legal y un libro de David el gnomo. En su pecho se cruza la correa de una vieja cámara analógica preparada para la caza de la luz.

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Subimos hasta que nuestros pies abandonan el asfalto y se entregan a la tierra, a la frescura de la hierba. Hay un lugar de silencio entre el caótico hogar urbano del hombre y es aquí. Donde la naturaleza se desarrolla ajena a nosotros, las ardillas levantan un concierto de hojarasca bajo el trinar de pájaros adolescentes, entre los árboles que se alzan victoriosos artesanos de un cielo verde que nos da sombra. Algunos espacios se llenan con césped o caminos entre los que deambulan las personas, otros con matorrales floridos. Pero existe una pareja que se aprieta el uno contra el robusto tronco del otro y allí le dije: «esos árboles son como nosotros, se quieren tanto que sólo saben vivir muy juntos».

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Destellos de luz se cuelan entre nuestro techo de hojas. Suicidas pétalos adornan la hierba de nuestros pasos. Voces infantiles escapan de su menudo cuerpo humano y llegan hasta aquí como fantasmas, como ilusiones.

Paseamos por el eterno parque madrileño, siempre ensueño de cuanto quisiéramos ser. Somos dos huéspedes más disfrutándolo esta mañana de domingo. Reímos en la escalinata viendo la diversión que para niños y mayores regala el gran estanque. Nos evocan dulces ideales la música, los pintores, los atletas y los que alinean sus chakras en sus jardines. Enviamos el trabajo de los jardineros, su conocimiento, su amor por cada planta como si fuera un alma humana. Y quisiéramos quedarnos aquí eternamente, celebrando el centenario de otro árbol, memorizando cada grano de arena del camino, hablándole de tú a los pequeños gorriones.

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La retirada

La sinfonia de Laribal

El sol calienta el aire de la ciudad de a poco, alargando con delicadeza sus rayos. Ofreciéndose, las flores abren los postigos de su escondite invernal llamando a la abejas al baile del cortejo. Los árboles cobijan con su sombra al hombre enamorado y a la mujer esponja. Los pájaros zigzaguean bajo la cúpula azul del cenit y picotean los pequeños frutos entre canción y canción. Toda la naturaleza en una perfecta armonía se entrega al nuevo día, a la nueva estación.

Nosotros paseamos insaciables de descubrimientos cotidianos hasta encontrar el viejo teatro del Grec, con sus grises escalones abierto al mundo, acogiendo las voces, proyectando los ecos. ¿Qué hay más satisfactorio que el arte público, sin prisiones de paredes y techos? El arte bajo la bóveda celeste.

También los jardines son una artesanía floral, un juego de aromas y colores, una sinfonía de imágenes hermosas y aleteo de mariposas. Por ellos nos perdemos mientras los niños tratan de escalar hasta la última rama de un viejo abeto y la más pequeña interrumpe la paz de la fuente con sus chapoteos.

Los jardines de Laribal son inclinaciones verdes y ocres, cal mohosa y un fluir de agua fresca. Los descubrimos por causalidad una noche, oscuros y callados, para volver a ellos este día rebosante de sonidos, de sol y sombra. Subimos por su empinada escalinata del «Generalife» de tres pausas y tres besos, de tres macetones custodios del concierto de la plata.

El mundo se nos descubre como una alfombra de flores, como una corona de malvas, un estanque de nenúfares y carpas, la savia bruta del olivo rompiendo taciturno la piedra. La vida toda en los jardines sinestésicos de la escondida Barcelona.

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La sinfonia de Laribal

La ciencia es cosa de niños

Con los años vamos perdiendo la capacidad de sorprendernos, de hacernos esas preguntas que a primera vista pueden resultar estúpidas pero se asientan en la lógica del conocimiento. Acabamos dando las cosas por hecho, el comportamiento de la flora y la fauna, los fenómenos naturales, las leyes de la física. Pero hay lugares que nos devuelven al estado natural de nuestra ignorancia e insignificancia.

Porque no somos los únicos, ni lo mejor de la naturaleza. Debemos conocer el mundo en el que vivimos, comprenderlo y respetarlo. Entender que somos iguales al resto de los animales, que una planta también sufre aunque no tenga una capacidad clara de expresión, que el viento, las olas, las nubes, la luz también reaccionan a nuestros movimientos. Porque dentro de este gran planeta todos somos igual de insignificantes e importantes. Aprendamos, respetemos y vivamos.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Sara Deluis, 2017.

Sara Deluis, 2017.

Sara Deluis, 2017.

Sara Deluis, 2017.

Sara Deluis, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

Andrea Diligenti, 2017.

 

La ciencia es cosa de niños

Encontrar el lugar

Salimos a oscuras y en secreto una mañana de octubre. El sol nos alcanzó en Despeñaperros. La carretera, la radio, la conversación. Cruzamos una mitad de la península hasta rodear nuestra ciudad de ensueño, donde el paisaje se transformó. El asfalto se hizo cada vez más estrecho y en la subida, mientras aminorábamos la velocidad, el aire puro de la sierra se colaba por el rescoldo de las ventanillas.

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Sara Deluis, 2016.

Los paneles informativos nos indicaban la altitud sobre un mar que quedaba lejos. «Navacerrada», «La granja de San Idelfonso» y los pinos nos tragaron en su enorme boca de montaña. Era una mañana de otoño templada. Cuanto más avanzábamos, más nos emocionaba el cuadro vivo que se desplegaba frente a nosotros. Las curvas eran ondas de una melodía folk. El sol se encendía y apagaba con presura tras cada tronco esbelto y firme.

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Sara Deluis, 2016.

Llegamos a El Paular y mientras esperábamos, paseamos entre el claustro de su monasterio. Sólo el coro de los pájaros rompía el silencio de la sierra. Apenas unos minutos más tarde seguíamos a Jorge hasta su finca.

Un camino de árboles perfectamente alineados nos recibía. La casa se hacía pequeña entre la inmensidad del campo. Primero un bosque techado de ramas y un prado abierto al mundo, sueño de caballos salvajes y zorros inquietos. El suave viento nos empujaba a explorar cada rincón, para descubrir a nuestra espalda la estampa única y segura que se convertirá en testigo de nuestro amor.

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Andrea Diligenti, 2016.

Porque es cierto eso de que cuando lo descubres ya no hay nada más y para nosotros aquel puñado de árboles, antesala de un inabarcable prado y decorado como a propósito por algún pintor naturalista exaltador de la más sublime belleza, es sin duda, el lugar donde el próximo otoño nos daremos el «sí, quiero». Y haremos así de un lugar, el más bonito de los recuerdos; y de la infinitud, un trocito de algo muy nuestro.

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Andrea Diligenti, 2016.

 

Encontrar el lugar

A la conquista de los árboles

Hace un par de semanas fuimos a visitar a Jordi, el padre de Andrea (y mi fan número cuatro), a su pueblito en el Penedès. Nos encanta pasar el día con ellos, disfrutar de su hospitalidad, de los juegos locos de sus hermanos pequeños y del aire libre que envuelve el lugar.

Como llegamos más tarde de lo que esperábamos, nos quedamos sin excursión a la montaña, pero a cambio dimos un paseo por los bonitos alrededores de olivares, campiña y pequeños bosques salvajes. Es como un baño para el alma. Una forma de limpiarse los pesados metales de la ciudad y volver a la pureza de lo liviano. El olor de la tierra, el sonido lejano de los animales, el azote del viento sin obstáculos, el hundir de pies en el espeso barro.

Era un día de diciembre sin frío y un impulso de calor infantil me llevó a trepar un árbol. La perspectiva siempre es más amplia desde arriba. Siento la seguridad de un pájaro que se esconde y observa entre las hojas del olivo. Siento el peso de mi propio cuerpo sobre las ramas y el azote del aire que me columpia y me obliga a mantener con perspicacia el equilibrio. Me reconcilio con la niña perdida que dejé en el campo, quisiera vivir con ella siempre. Ser libre y salvaje. Conquistar las copas de los árboles y precipitarme por las laderas de mil montañas. Romperme las ropas, llenarme de tierra húmeda las botas. Quiero llevar el pelo suelto y empolvado por los caminos. Conocer todas las flores. Llamar por sus nombres a los animales. Quiero ser pastora y poeta, como Miguel Hernández, quiero perderme en el huerto de la vega como Lorca, ir de Úbeda a Baeza por los caminos de Machado. Quiero ser una persona de campo.

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Sara Deluis (2016).
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Sara Deluis (2016).
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Sara Deluis (2016)
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Andrea Diligenti (2016)
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Andrea Diligenti (2016)
A la conquista de los árboles

MÁS (noguer)

Fue un día en que la humedad pesaba mucho más que el frío. La carretera se estrechó perdiéndose entre la colina verde y en la última recta, de nuevo, se nos cruzó la suerte. El vuelo bajo de un halcón nos cortaba el paso y la respiración. El eléctrico impulso neuronal que recibimos y apagó el motor del coche, nos llevó a bajar impulsados por el acelerado ritmo de nuestros corazones, buscando al hipnótico animal, queriendo capturar su imagen sobre la vieja madera de un poste de la luz a orillas de la carretera.

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Andrea Diligenti (2016)

Echamos a correr como si más allá nos esperase otra época, lejos del tiempo presente que llevábamos encima. Y en la carretera nos libramos del peso de varias generaciones. Éramos nómadas, extraños sin rumbo, sin mapas, sin más ilusión que toda la fe puesta en un pájaro. Éramos, de repente, la sencillez y lo desnudo, un despreocupado gesto infantil, la locura en plena libertad. Y en el mismo instante en que asumimos aquella revelación suprema, el halcón retomó su vuelo perdiéndose entre la espesura del bosque. Otra vuelta al mundo, otro cambio de luna, otros quinientos ochenta y cuatro poemas de amor y nuevas yemas para viejos dedos.

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Sara Deluis (2016)

Aquella excursión fue otra aproximación a la lentitud, a las maravillas de lo sincero, de lo natural, del mundo vivo que escondemos tras la cortina del día a día urbano, perdido y lejano de todo lo real. El campo verde y mojado, acariciado por el gris algodón de las pesadas nubes otoñales, el aire frío y húmedo colándose por las ventanillas, las casas de piedra decoradas con los primeros musgos de la estación. La emoción se nos escapa entre carcajadas. Hay una belleza que ni siquiera somos capaces de imaginar y es ella quien nos impulsa a viajar cada vez más lejos, quien nos hace palpitar frente a un camino alfombrado con las hojas viejas y ocres de los tilos que se alzan hacia el cielo amenazante.

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Sara Deluis (2016).

La tierra es barro. Mis botas de agua se hunden en ella como en una diversión de la niñez. Algunos perros tristes salen a recibirnos. Un hombre sin edad labra el campo mientras masculle conversaciones acerca de su cosecha, las últimas lluvias y el curso de no sé qué riachuelo. Yo ya me he perdido entre los ojos de ámbar negro de los caballos. Me acerco hasta el vallado y ellos trotan con ligereza hacía mi en una actitud tan firme que incluso me da miedo. Les acaricio el entrecejo y se acomodan en el pequeño placer. Cada cual espera su turno. Ellos deciden la dosis y dicen «hasta luego» aireando sus largas crines con el viento.

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Andrea Diligenti (2016).

La cuadra, la casa, el pórtico, la arcada, los animales hambrientos de amor y el amor que a nosotros se nos derrama de las pupilas. Hay una charca semivacía y un campo de flores silvestres donde nos colamos. Hay setas y señales de revoltosos jabalíes. Hay una tortilla de patatas casera esperándonos en el asiento trasero del coche, una habitación en silencio y con vistas, miradas del pasado colgando en la pared, una inmaculada iluminada pero, sobre todo, hay ganas. Ganas de seguir viviendo de esta forma que nos inventamos, de explorar, de reír y de continuar un camino, tan salvaje y auténtico como lo son nuestros corazones.

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Andrea Diligenti (2016).
MÁS (noguer)