Quesada verde y blanca

Como un espejismo, bajo este sol de justicia que ni siquiera aquí en la sierra nos da una tregua, serpentea la carretera que nos lleva a Tíscar. Trato de ignorar el precipicio sobre el que rodamos, perdiendo la vista entre los olivares que invaden las montañas, imaginando su gran cruzada contra pinos y matorrales. Me pregunto cómo consiguen sobrevivir al calor de este pequeño infierno al sur de España.

Processed with VSCO with hb2 preset

Estamos en la sierra de Cazorla, a 1.189 metros sobre el nivel del mar, y aún aquí las chincharras alzan su gruñido con una fuerza atroz. Detenemos el coche para continuar a pie por la carretera hasta encontrar la Cueva del Agua, una de las primeras grutas naturales conocidas en España. Es un enorme cuadro de la Virgen de Tíscar quienes nos indica la entrada hacia un estrecho túnel de 10 metros de longitud,  por un escaso metro de altura. Lo atravesamos acompañados de una acequia de agua clara y cristalina que nos da la bienvenida.

A veces resulta sorprendente cómo la propia naturaleza, con tesón, da lugar a formas tan perfectamente surrealistas y maravillosas. Nos deslizamos entre las estrechas piedras que ha moldeado el agua, hoy casi inexistente, pero imaginando su poderío de otras épocas, de otro tiempo de lluvias. Aún así, nos sentimos parte de una gran obra de arte creada por la persistencia del agua recién nacida de la sierra.

Salimos de aquí para avanzar sobre la montaña hasta llegar al santuario de Nuestra Señora de Tíscar, patrona de Quesada y la serranía de Cazorla. La pequeña ermita parece creada con un puñado de paciencia humana, piedra a piedra, meticulosamente, desde la primera línea del suelo hasta el humilde techo que nos ampara. Una obra maestra de sencillez que dignifica la mentalidad tranquila, lenta y ensayada de estos pueblos sureños.

Processed with VSCO with a6 preset

Frente al santuario, un viejo pilar sostiene las palabras del poeta Antonio Machado, desde su pluma a la eternidad. Sobre él, elaire ahora es fresco y eriza la piel.

Descendemos los 13 kilómetros que nos han traído hasta aquí y hacemos parada en Quesada, buscando refugio en el museo de Rafael Zabaleta y Miguel Hernández, ambos unidos por su conexión con esta tierra. El primero natural de aquí, el segundo casado con la quesadeña Josefina Manresa.

Processed with VSCO with a6 preset
Processed with VSCO with a6 preset

Entre colores vivos y poesía para el pueblo, nos sorprende el mediodía. Merece la pena entrar aquí, disfrutar con la obra de Zabaleta, su geometría y sus colores; su maravillosa visión de la vida rural, del pueblo y sus campesinos, lleno todo de viveza, de fiesta, de amor por la vida y la tierra. Un positivismo extraño de la pobreza.

Processed with VSCO with a6 preset

Él área de Miguel Hernández nos lleva al margen contrario: al pueblo desairado y luchador, al horror de la injusticia y la guerra, pero a la fe que siempre nace del amor a pesar de los más desgraciados contextos.

Hoy, Quesada es un lugar que continúa conservando aquel nostálgico modo de ser rural y lento. Sus calles llenas de flores, reflejan la hermandad de sus gentes y la inocente serenidad de su vida aquí. La cal contrasta con el verde que se descuelga de los maceteros. Resulta chocante tan viva naturaleza bajo estas temperaturas tan extremas de primera hora de la tarde. Las calles se precipitan sobre el monte en un zigzagueante y estrecho mapa de subidas y bajadas. Sin embargo, apenas se escuchan jóvenes en un lugar donde las almas parecen hacerse eternas.

Quesada, puerta de la viva sierra y cuna blanca del Guadalquivir.

 

 

 

 

 

 

Anuncios
Quesada verde y blanca

Estany de Banyoles, un paseo.

El cielo se oscurecía a medida que avanzábamos sobre la carretera. Si hubiésemos querido habríamos podido atrapar la humedad en la palma de nuestras manos. El frío nos tomaba ventaja mientras en la radio sonaba música folk americana y sujetábamos la ansiedad por llegar entre la carne de los labios y los dientes.

Processed with VSCO with hb1 preset
Sara Deluis (2.016)

Las oportunidades hay que tomarlas. Un sábado de vacaciones es para nosotros cosa rara. Así que, sin casi meditarlo, alquilamos un coche y trazamos una línea recta hacia el norte. Yo llevaba tiempo queriendo visitar aquel lugar. Ahora me alegraba de que hubiera sucedido en ese preciso momento. La mañana gris, fría y otoñal dibujaba un paisaje de campos verdes coronados por bajas nubes negras. En el primer desvío volvimos a estar solos frente a la magnificencia del mundo. Pronto la carretera comenzó a estrecharse mientras serpenteaba con levedad entre los árboles. El avistamiento del agua no se haría de esperar.

2016-10-23 08.43.04 1.jpg
Sara Deluis (2.016).

Aparcamos a los pies de una vieja ermita. La piedra triste y enmohecida daba paso a una cámara austera y sin apenas iluminación donde algunos devotos enunciaban con la voz de la mente sus plegarias. Al costado izquierdo un pequeño cementerio; al derecho, la casa del párroco parecía hallarse en las mismas puertas del cielo, con su escalinata plagada de flores, su jardín verde vivo, su huerto y su nostalgia.

Processed with VSCO with hb2 preset
Sara Deluis (2.016).

Tomamos el camino que bordeaba el santo lugar para adentramos en un haz de aire puro, vegetación y lluvia fina que conformaba la estación perfecta para el paseo. Entre la maleza los mirlos, las urracas y los petirrojos revolotean y dan saltitos sobre sus frágiles patas, cada uno inmerso en su propio juego infantil. En pocos minutos estamos a orillas del lago. El agua permanece quieta y cristalina, robándole el azul intenso a un cielo huérfano de su color. La frontera entre ellos es un línea vacilante de verdes y ocres, de la naturaleza que se muere.

2016-10-23 08.42.54 2.jpg
Sara Deluis (2.016).

La música del bosque es un caer de hojas constante, una aquí, la otra allá. Un transcurrir de riachuelos. Un trinar que se va y se viene como hubiera de hacerlo el agua queda del estanque. La naturaleza se nos escapa después de voltear todos nuestros sentidos. El olor de la tierra. El tacto suave del musgo sobre la corteza de los árboles que abrazo. Podría dormir sobre ellos, hacerme un lecho y no una cabecera. Podríamos quedarnos aquí para siempre, en este hueco del bosque que llenamos con risas, haciéndonos parte viva del espacio.

Processed with VSCO with hb2 preset
Andrea Diligenti (2.016).
Estany de Banyoles, un paseo.