Ríos bajo catedrales

Cazorla recibe al viajero que quiere perderse en la sierra, con sus casas blancas sobre un espeso fondo verde. Aparece serena tras la curva, en contraste con sus viejas fortalezas, coronada por el Castillo de la Yedra, imaginamos desde abajo la escalada.

Es media tarde y las calles comienzan a encenderse, aquí en el sur la vida vuelve cuando el sol inicia su descenso. El calor se mezcla con el aire de la sierra, con el transitar del agua bajo nosotros, con viejas conversaciones de zaguanes y casinos. Paseando por sus calles llegamos hasta el balcón de Zabaleta desde donde no podemos ignorar las ganas de inmortalizar este encuadre, un cuadro, una viva estampa de belleza al que recientemente han añadido una escultura que nos recuerda, estamos en la ciudad hospitalaria del blues. Aun con todo, este rincón es incapaz de perder su magia.

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Continuamos hasta las ruinas de la iglesia de Santa María, un proyecto del siglo XVI en manos del gran Andrés de Vandelvira y que por un cúmulo de desgraciadas desdichas jamás llegó a terminarse. Las historias sobre su construcción y destrucción son mágicas. Se trata de una joya levantada en el canal del río Cerezuelo, sobre una magnífica bóveda por la que bien merece la pena un paseo. Cuentan que hacia el 1694 hubo una gran diluvio en la zona y los vecinos fueron a refugiarse al santo templo. Sólo algunos no llegaron a tiempo y hubieron de huir más arriba, hacia la montaña. Tal fue la intensidad de la lluvia, que el pequeño afluente del Guadalquivir se desbordó arrastrando todo a su paso, pero al llegar a la bóveda de la iglesia quedó taponado y su cauce fue ganando altura hasta rebasarla, llevándose consigo todo y a todos. Incendios y guerras posteriores influenciaron en que este lugar sea hoy una pequeña gran obra inacabada, de parada obligatoria para quien pase por la zona.

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Ríos bajo catedrales

Quesada verde y blanca

Como un espejismo, bajo este sol de justicia que ni siquiera aquí en la sierra nos da una tregua, serpentea la carretera que nos lleva a Tíscar. Trato de ignorar el precipicio sobre el que rodamos, perdiendo la vista entre los olivares que invaden las montañas, imaginando su gran cruzada contra pinos y matorrales. Me pregunto cómo consiguen sobrevivir al calor de este pequeño infierno al sur de España.

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Estamos en la sierra de Cazorla, a 1.189 metros sobre el nivel del mar, y aún aquí las chincharras alzan su gruñido con una fuerza atroz. Detenemos el coche para continuar a pie por la carretera hasta encontrar la Cueva del Agua, una de las primeras grutas naturales conocidas en España. Es un enorme cuadro de la Virgen de Tíscar quienes nos indica la entrada hacia un estrecho túnel de 10 metros de longitud,  por un escaso metro de altura. Lo atravesamos acompañados de una acequia de agua clara y cristalina que nos da la bienvenida.

A veces resulta sorprendente cómo la propia naturaleza, con tesón, da lugar a formas tan perfectamente surrealistas y maravillosas. Nos deslizamos entre las estrechas piedras que ha moldeado el agua, hoy casi inexistente, pero imaginando su poderío de otras épocas, de otro tiempo de lluvias. Aún así, nos sentimos parte de una gran obra de arte creada por la persistencia del agua recién nacida de la sierra.

Salimos de aquí para avanzar sobre la montaña hasta llegar al santuario de Nuestra Señora de Tíscar, patrona de Quesada y la serranía de Cazorla. La pequeña ermita parece creada con un puñado de paciencia humana, piedra a piedra, meticulosamente, desde la primera línea del suelo hasta el humilde techo que nos ampara. Una obra maestra de sencillez que dignifica la mentalidad tranquila, lenta y ensayada de estos pueblos sureños.

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Frente al santuario, un viejo pilar sostiene las palabras del poeta Antonio Machado, desde su pluma a la eternidad. Sobre él, elaire ahora es fresco y eriza la piel.

Descendemos los 13 kilómetros que nos han traído hasta aquí y hacemos parada en Quesada, buscando refugio en el museo de Rafael Zabaleta y Miguel Hernández, ambos unidos por su conexión con esta tierra. El primero natural de aquí, el segundo casado con la quesadeña Josefina Manresa.

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Entre colores vivos y poesía para el pueblo, nos sorprende el mediodía. Merece la pena entrar aquí, disfrutar con la obra de Zabaleta, su geometría y sus colores; su maravillosa visión de la vida rural, del pueblo y sus campesinos, lleno todo de viveza, de fiesta, de amor por la vida y la tierra. Un positivismo extraño de la pobreza.

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Él área de Miguel Hernández nos lleva al margen contrario: al pueblo desairado y luchador, al horror de la injusticia y la guerra, pero a la fe que siempre nace del amor a pesar de los más desgraciados contextos.

Hoy, Quesada es un lugar que continúa conservando aquel nostálgico modo de ser rural y lento. Sus calles llenas de flores, reflejan la hermandad de sus gentes y la inocente serenidad de su vida aquí. La cal contrasta con el verde que se descuelga de los maceteros. Resulta chocante tan viva naturaleza bajo estas temperaturas tan extremas de primera hora de la tarde. Las calles se precipitan sobre el monte en un zigzagueante y estrecho mapa de subidas y bajadas. Sin embargo, apenas se escuchan jóvenes en un lugar donde las almas parecen hacerse eternas.

Quesada, puerta de la viva sierra y cuna blanca del Guadalquivir.

 

 

 

 

 

 

Quesada verde y blanca

La brecha de las horas

Siempre hay un delicado soplo de aire en los mundos imaginados de mi mente. El lugar hacia donde escapo es un espacio que ya se ha pisado, un instante conquistado en la guerra universal del tiempo siempre apresurado.

Hay una brecha entre las horas fatigosas de la no poesía y la cotidianidad de admirada poética. Entre la vida mecánica del humanoide urbano y la etérea ligereza de las almas libres. Y sobre ella salto como niña sobre una cuerda, de un extremo a otro de la baldosa que se va haciendo más fuerte con cada impacto.

Hay un vuelo sincero y necesario, corredor entre escenarios.

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La brecha de las horas

La belleza vive en los patios de Viana

La lluvia nos amenaza desde su privilegiada altura. Del cielo se descuelga un pequeño tornado que nos frena pero no nos detiene. Cuando llegamos a Córdoba, el día recobra su alegría de primavera. Ya hay cruces que engalanan las plazuelas, hay rumor de sevillana y olor a flor temprana.

Caminamos por las calles empedradas que proyectan en nuestro camino la luz de sus fachadas encaladas. Algún niño llega tarde a la escuela. Algún señor riega sus plantas mientras la vida le pasa por debajo del ventanal. El Palacio de Viana abre su pórtico a mayo y por él se cuelan nuestras almas.

Una casa de cinco siglos y doce patios que se levanta en el silencioso barrio cordobés de Santa Marina. Un recorrido por estancias sin tejados que el cielo invade con su esplendor azul o, como hoy, con la gris melancolía de su llanto para saciar la sed de revoltosas flores.

El patio de recibo, patio de los gatos, patio de los naranjos, patio de las rejas, patio de la madama, patio de la alberca, patio del pozo, patio del archivo, el jardín, el patio de los jardineros, patio de la capilla y patio de la cancela. La belleza del color convertida en oxígeno nuevo que entra en el cuerpo y lo remueve. El colmo del mismo Stendhal, donde flores y poesía bailan fusionando su huella dactilar.

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La belleza vive en los patios de Viana

La retirada

Madrid se despierta entre los puestos de libros y antigüedades que engalanan la subida hasta el Retiro. El sol empieza a calentarnos entre los murmullos de quienes buscan algo especial. Hay postales de la Alhambra del año 67, hay viejas partituras, documentación legal y un libro de David el gnomo. En su pecho se cruza la correa de una vieja cámara analógica preparada para la caza de la luz.

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Subimos hasta que nuestros pies abandonan el asfalto y se entregan a la tierra, a la frescura de la hierba. Hay un lugar de silencio entre el caótico hogar urbano del hombre y es aquí. Donde la naturaleza se desarrolla ajena a nosotros, las ardillas levantan un concierto de hojarasca bajo el trinar de pájaros adolescentes, entre los árboles que se alzan victoriosos artesanos de un cielo verde que nos da sombra. Algunos espacios se llenan con césped o caminos entre los que deambulan las personas, otros con matorrales floridos. Pero existe una pareja que se aprieta el uno contra el robusto tronco del otro y allí le dije: «esos árboles son como nosotros, se quieren tanto que sólo saben vivir muy juntos».

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Destellos de luz se cuelan entre nuestro techo de hojas. Suicidas pétalos adornan la hierba de nuestros pasos. Voces infantiles escapan de su menudo cuerpo humano y llegan hasta aquí como fantasmas, como ilusiones.

Paseamos por el eterno parque madrileño, siempre ensueño de cuanto quisiéramos ser. Somos dos huéspedes más disfrutándolo esta mañana de domingo. Reímos en la escalinata viendo la diversión que para niños y mayores regala el gran estanque. Nos evocan dulces ideales la música, los pintores, los atletas y los que alinean sus chakras en sus jardines. Enviamos el trabajo de los jardineros, su conocimiento, su amor por cada planta como si fuera un alma humana. Y quisiéramos quedarnos aquí eternamente, celebrando el centenario de otro árbol, memorizando cada grano de arena del camino, hablándole de tú a los pequeños gorriones.

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La retirada

La sinfonia de Laribal

El sol calienta el aire de la ciudad de a poco, alargando con delicadeza sus rayos. Ofreciéndose, las flores abren los postigos de su escondite invernal llamando a la abejas al baile del cortejo. Los árboles cobijan con su sombra al hombre enamorado y a la mujer esponja. Los pájaros zigzaguean bajo la cúpula azul del cenit y picotean los pequeños frutos entre canción y canción. Toda la naturaleza en una perfecta armonía se entrega al nuevo día, a la nueva estación.

Nosotros paseamos insaciables de descubrimientos cotidianos hasta encontrar el viejo teatro del Grec, con sus grises escalones abierto al mundo, acogiendo las voces, proyectando los ecos. ¿Qué hay más satisfactorio que el arte público, sin prisiones de paredes y techos? El arte bajo la bóveda celeste.

También los jardines son una artesanía floral, un juego de aromas y colores, una sinfonía de imágenes hermosas y aleteo de mariposas. Por ellos nos perdemos mientras los niños tratan de escalar hasta la última rama de un viejo abeto y la más pequeña interrumpe la paz de la fuente con sus chapoteos.

Los jardines de Laribal son inclinaciones verdes y ocres, cal mohosa y un fluir de agua fresca. Los descubrimos por causalidad una noche, oscuros y callados, para volver a ellos este día rebosante de sonidos, de sol y sombra. Subimos por su empinada escalinata del «Generalife» de tres pausas y tres besos, de tres macetones custodios del concierto de la plata.

El mundo se nos descubre como una alfombra de flores, como una corona de malvas, un estanque de nenúfares y carpas, la savia bruta del olivo rompiendo taciturno la piedra. La vida toda en los jardines sinestésicos de la escondida Barcelona.

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La sinfonia de Laribal

A la conquista de los árboles

Hace un par de semanas fuimos a visitar a Jordi, el padre de Andrea (y mi fan número cuatro), a su pueblito en el Penedès. Nos encanta pasar el día con ellos, disfrutar de su hospitalidad, de los juegos locos de sus hermanos pequeños y del aire libre que envuelve el lugar.

Como llegamos más tarde de lo que esperábamos, nos quedamos sin excursión a la montaña, pero a cambio dimos un paseo por los bonitos alrededores de olivares, campiña y pequeños bosques salvajes. Es como un baño para el alma. Una forma de limpiarse los pesados metales de la ciudad y volver a la pureza de lo liviano. El olor de la tierra, el sonido lejano de los animales, el azote del viento sin obstáculos, el hundir de pies en el espeso barro.

Era un día de diciembre sin frío y un impulso de calor infantil me llevó a trepar un árbol. La perspectiva siempre es más amplia desde arriba. Siento la seguridad de un pájaro que se esconde y observa entre las hojas del olivo. Siento el peso de mi propio cuerpo sobre las ramas y el azote del aire que me columpia y me obliga a mantener con perspicacia el equilibrio. Me reconcilio con la niña perdida que dejé en el campo, quisiera vivir con ella siempre. Ser libre y salvaje. Conquistar las copas de los árboles y precipitarme por las laderas de mil montañas. Romperme las ropas, llenarme de tierra húmeda las botas. Quiero llevar el pelo suelto y empolvado por los caminos. Conocer todas las flores. Llamar por sus nombres a los animales. Quiero ser pastora y poeta, como Miguel Hernández, quiero perderme en el huerto de la vega como Lorca, ir de Úbeda a Baeza por los caminos de Machado. Quiero ser una persona de campo.

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Andrea Diligenti (2016),
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Sara Deluis (2016).
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Sara Deluis (2016).
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Sara Deluis (2016).
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Sara Deluis (2016)
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Andrea Diligenti (2016)
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Andrea Diligenti (2016)
A la conquista de los árboles